JOAN BENET RODRÍGUEZ i MANZANARES

 
   

 
  Data de Publicació
Dimarts
11 d'octubre de 2011
   
  Artícul 131
  Escrit en espanyol
   
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ARTÍCUL
 
 
¿LONDRES? NUNCA MÁS
 

Este año, tuvimos la gran idea de visitar Londres, pues es una ciudad que es punto de reunión de intelectuales, bohemios en un marco de atractivas atracciones y monumentos. Así, toda la familia, mi mujer, mis dos hijas de 16 y 19 años y yo nos fuimos a recorrer Londres con una lista de lugares en la mano imprescindibles que visitar y una gran ilusión en hacerlo.

Concertamos el hotel y el vuelo a través de una agencia y un lunes de julio aterrizamos en el aeropuerto de Stansted, a través National Express, llegamos en autobús al centro de Londres y con el Underground, salvamos las dos paradas que nos separaban del hotel.

En el hotel, bastante antiguo por cierto, no hubo incidencias notorias, en nuestra visita a Londres, nos llenamos los ojos de Big-Ben, London Eye, Stonehenge, Tower Hill, Tower Bridge, Cambio de Guardia ante el palacio de Buckingham y otras cientos de cosillas más, típicas de todo turista que se precie de serlo, incluido comer fish and chips o visitar el museo de cera Madame Tussaud’s.

Pero el motivo de este artículo, viene dado por el sábado siguiente al lunes de llegada y que ponía punto y final a nuestro periplo por tierras londinenses. El día amaneció lluvioso, menos mal que los días anteriores tan sólo habían sido fríos y grises. Nos dirigimos al aeropuerto, comimos pizza y esperamos para poder facturar las maletas. Lo hicimos sin ningún problema y nos dirigimos a pasar hacia las puertas de embarque donde llegó el momento álgido del viaje.

Como ya esperábamos por la experiencia de otros viajes, en unas bandejas tuvimos que vaciar los bolsillos, depositar bolsos y bolsas, cinturones teléfonos hasta prácticamente quedarnos desnudos, en mi caso sólo conservaba puesto una camisa, un pantalón y los calzoncillos. Al pasar por el arco detector de metales, me pito repetidamente, intenté explicar que podrían ser la gafas que son metálicas, pero sin hacerme el menos caso, me pusieron con los brazos en cruz y bajo la atenta mirada de un agente del orden, me cachearon hasta el punto que sólo les faltó hacerme una colonoscopia. A mi hija mayor le pasó igual y la trataron de igual manera, pero lo único que llevaba ella metálico, era un piercing en la cara. La sensación fue denigrante. Pero no conforme con eso, las bandejas donde teníamos nuestras cosas, fueron detectadas como ‘sospechosas’ y retiradas de nuestro alcance.

Tuvimos que esperar a que los empleados se hicieran cargo de sobar y manipular sin ningún miramiento nuestras cosas bajo la atenta mirada de los agentes del orden, a los que sólo les faltó empujarnos con la bocacha de sus armas.

Una mujer, gruesa y con muy malos modales, abrió sin ningún permiso nuestras bolsas y vació completamente todo el contenido en las bandejas, como que hizo lo mismo un hombre que pensaba que Dios le había dado el poder absoluto sobre la tierra, con la otra bandeja que contenía nuestras cosas. No contentos con desparramar nuestros bienes, a la gruesa mujer se le cayó un bote de tinta roja que compramos junto a una pluma estilográfica en la tienda de recuerdos de Tower Hill, en la caída, el bote de tinta se rompió, cuando me quejé, como no podía ser de otra manera, se rió a carcajadas y tan sólo dijo en inglés claro, ‘Son españoles’, frase que hizo las delicias de las burlas entre todos los presentes, y acto seguido me aconsejó que me tranquilizara si quería que todo fuera bien.

Como no encontraron nada que pudiera ser sospechoso, ¡Qué iban a encontrar! La gruesa mujer cogió un botecito de no más de dos centímetros por dos centímetros de un medicamento que necesita mi hija menor y la querían tirar diciendo que no podían llevarse ese tipo cosas en los equipajes de mano. Tras cabrearme, ahora ya muy en serio y con razón le devolvió el botecito lanzándoselo por el aire como si le estuviera perdonando la vida.

Pero el plato fuerte de esta historia de brutalidad y abuso de poder por parte de unos insignificantes empleados que no deberían ni siquiera pertenecer a la raza humana, fue, como ya dije anteriormente, que como no encontraron nada entre nuestros enseres que pudiera ser sospechoso de nada ni por la más remota casualidad, el hombre que se pensaba tocado por Dios, cogió una bola de nieve, de esas que se agita y algo que parece nieve se mueve dentro de un líquido, que en este caso contenía una figurilla del Big-Ben, nos dijo que era muy grande y aludió a algo al líquido en el que flotaba la ‘nieve’, y que tenía que tirarlo.

Mi cabreo en ese momento llegó a extremos que hicieron las delicias de la gruesa mujer que no paraba de reírse. Les expliqué que eso era un recuerdo que compramos en una de las numerosas tiendas de ellos que hay al pie del London Eye, pero seguía insistiendo en que era muy grande y debía de tirarlo. La bola en sí es un óvalo que mide de alto unos siete centímetros y de diámetro unos cuatro centímetros. Pedí ver y hablar con un superior, (todo esto ante la atenta mirada de los agentes de seguridad, y las risas de los demás viajeros). La gruesa mujer y el tocado por Dios, se dirigieron a un compañero y éste les dijo que la tiraran y Sanseacabó. Yo insistí en hablar con un jefe del aeropuerto elevando la voz bastante. El tocado por Dios me dijo con muy malos modales, que le acompañara, lo hice evidentemente, pues me asistía la razón. Llegamos a un mostrador donde me dijo que, ‘Si quieres volver a ver esta bola espera aquí’, con una entonación que más bien parecía que fuera un terrorista y no un turista. Lo vi hablar con un hombre de elegante traje y teléfono en mano que, aunque no conseguí oír lo que decía, la expresión era como de decir, “No me molestes por estas tonterías, devuélvele su recuerdo y no hagáis más el ridículo”. Y así fue, el hombre tocado por Dios, nos devolvió la figurita y me ofreció su mano como ‘firmando la paz’, le estreché la mano, pues quería que acabara aquella absurda e irracional situación y nos fuimos de allí.

La situación aconteció en el aeropuerto de Stansted, el sábado día 16 de julio, en una de los controles para pasar a las puertas de embarque, sobre las 16:45 horas, pues mi avión hacia Valencia salía a las 17:25, y mi nombre es Juan Benito. Desearía que a estas personas sus jefes correspondientes pudieran darle un buen escarmiento y que aprendieran a respetar a las personas, seguramente, como a ellos les gusta que les respeten.

 
 
 
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