RICARDO GARCÍA MOYA

 
 
   

 
  Data de Publicació
15 de Giner de 2008
   
  Referència
0074RGM
   
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Ricardo García Moya
   
  Anteriorment publicat en,
Las Provincias
19  d'Agost de 1992
   
  Est articul lo hem deixat en castellà, que és com lo escrigué el seu autor
   
  Anar Arrere
   
   
ARTÍCUL
 
DIPLOMACIA CATALANA CONTRA VALENCIA EN 1599
 
En 1599, la Generalidad de Cataluña enarboló bandera de guerra parlamentaria para impedir que se celebrara en Valencia la boda entre Felipe III y Margarita de Austria; enlace considerado del milenio, pues también se unirán el archiduque Alberto de Austria con Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos. Eran, no hay duda, los poseedores del mayor poder territorial jamás conocido, al gobernar Felipe III los imperios de España y Portugal.

El juego catalán

Unas cartas conservadas en el archivo de la Corona de Aragón reflejan el juego diplomático catalán para monopolizar el acontecimiento. El 15 de febrero de 1599, los diputados rogaron a Felipe II que el enlace se celebrara en Barcelona, pues ello supondría "engrandecernos y aventajarnos". La Generalidad argumentaba que "llegando tan cerca de ésta su Principado" sería imperdonable; además, "apenas hay un día de diferencia de Valencia a Barcelona, y la comodidad de los avisos de mar es mejor aquí, y para el desembarco de la reina, es el peligro tan evidente en esa playa valenciana". Los catalanes intentaron aterrorizar a los reyes inventándose un "peligro tan evidente" que amenazaba en la costa valenciana de los Alfaques (por cierto, parece ser que en 1599 este territorio era valenciano). Respecto a la "diferencia de un día", se referían al tiempo de navegación desde la frontera del Reino de Valencia a la capital de las sardanas. Las misivas alternaban veladas amenazadas con frases poco altivas, como "suplicando humildemente" y "postrados a sus reales pies"; todo era válido para impedir que la ceremonia tuviera lugar en Valencia. Los catalanes sólo estarían satisfechos "celebrando en ésta su ciudad de Barcelona, sus reales bodas". Los "consellers" tampoco estuvieron inactivos, llegando a importunar a la misma Margarita de Austria que se encontraba atravesando el norte de Italia -acompañada por la duquesa de Gandía-, en su viaje al Reino de Valencia. El 13 de enero de 1599 expresaban su "mayor dolor y tristeza por verse privados del casamiento tan deseado", rogando a Margarita para "que nos haga la merced de interceder con su Majestad (...) y no privarnos de tanta honra y honor". Pero Margarita no queria saber nada de Barcelona, y la flota de cuarenta naves de escolta navegó hasta "entraren los Alfaques, lugar del Reyno de Valencia, donde desembarcó el 28 de marzo. Aquí se vio el contento de la Reyna por encontrarse en tierra tan suya y tan deseada por ella", según recogió González Dávila, cronista real de Felipe III. Los catalanes esgrimían un supuesto deseo de Felipe III por casarse en Barcelona; pero no eran los únicos en usar tales argumentos." Las nupcias reales eran organizadas meticulosamente y "el rey Felipe II dexaba acordado que las bodas se celebrasen en su Corte de Madrid"; pero el Papa también quería intervenir en acontecimiento tan fastuoso, por tanto, el Papado, Madrid y Barcelona fueron rivales de Valencia. Sabiamente, los asesores áulicos cumplieron con el Papa, celebrando Clemente VII los desposorios en Ferrara; pero fue un acto descafeinado, al ser por delegación y sin la presencia de Felipe III e Isabel Clara Eugenia (Dávila, G.: Teatro de las Grandezas, Madrid, 1623, p. 51).

Los catalanes olvidaban la absoluta libertad de los monarcas para escoger la ciudad que les diera su real gana. El 1 de septiembre de 1598 el moribundo Felipe II dictaba en el Escorial otro "Ordeno y mando (para) que se haga en lo de ese desposorio lo que la emperatriz eligiera y tuviera por mejor" (Dávila, G.: Historia de Felipe III, p. 47). En consecuencia, el 18 de abril de 1599. la reina Margarita "hizo su solemne entrada en la rica y poderosa Valencia" (p. 65). Allí esperaba el monarca y, posteriormente, con la catedral abarrotada de la aristocracia más encumbrada de Europa (los Alba, Osasuna, Orange, Médicis, Andrea Doria, Almirante de Castilla, etc.), y, en presencia de los jurados de Valencia, se celebró la boda real oficiada por el patriarca Nuncio.

Lerma, autoridad absoluta en Madrid

En esta ocasión, los catalanes no pudieron llevarse la gloria del acontecimiento y tampoco consiguieron que jurase el rey los fueros catalanes antes que los valencianos. Eran otros tiempos, con un Lerma (el Duque), erigido en autoridad absoluta en Madrid y una "rica y poderosa Valencia". En aquella época, incluso el virrey no valenciano como Juan de Ribera tenia agallas para exigir en las Cortes Generales de Monzón que nos guardasen el debido protocolo y nombrasen primero al Reino de Valencia que al principado catalán. Todo ha cambiado. En este año de acontecimientos, nos tenemos que contentar con unos partidos de fútbol olímpico, cedidos por la "generosidad" catalana; aunque todos sabemos el precio que suponen: el mundo, mediante el trampolín televisivo, tendrá una idea clara de Cataluña como nación y unas colonias limítrofes (nosotros) sin personalidad histórica ni cultura propia. Los colaboracionistas podrán falsear a su gusto y decir que: "La corona catalana ha vuelto, del Roselló a Valencia, para que los turistas se queden fascinados" ("El Temps", 1-6-92, p. 65). Y Lerma continuará sonriendo, satisfecho y mudo.

 
 
 
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