Once kilos de papel, once; pesan "Las observaciones de
Cabanilles" editadas por Bancaixa en castellano y catalán,
como es norma en el ente del logotipo de las cuatro barras.
Al facsímil del texto de 1797 se le ha adherido un dadaista
epílogo de don Vicent M. Rosselló, catedrático de Geografía
de la Universidad de Valencia. Bajo la boina ideológica de
Joan Fuster -al que recurre como autoridad omnímoda- analiza
los criterios filológicos que sobre el idioma valenciano
tenía el naturalista dieciochesco. ¿Conclusión? Cabanilles
era un convencido partidario de la unidad de la lengua: "Cabanilles
se ve obligado a hacer una declaración de principios sobre
el valenciano, cuya pertenencia al ámbito catalán reconoce
con el eufemismo de llemosí" (Roselló, V.; Bancaixa, T.IV,
1997, p. 501). Puf, pub, ¡vaya patinazo anacrónico,
diacrónico y sincrónico que comete el veterano
paisvalencianero Roselló!
El lemosín era considerado origen del valenciano, mallorquin
y catalán por los filólogos del XVIII; criterio que
aceptaban los intelectuales valencianos como Ros, Mayans o
Cabanilles. EI profesor Roselló hubierá evitado el ridículo
si leyera LAS PROVINCIAS pues el 24 de febrero de 1995
publicábamos "Mayans y Siscar contra el Bloc", donde
reproducíamos los razonamientos expresados por Gregorio
Mayans en 1737 sobre el tema: "Dialectos de la lengua
lemosina son la catalana; valenciana y mallorquina. La
catalana ha recibido muchos vocablos de la francesa; la
valenciana, de la castellana..." (LP, 24-2-1995). Es decir,
Cabanilles seguía la opinión de las universidades europeas
al pensar que "el idioma general del Reino de Valencia es el
valenciano", distinto al dialecto catalán del lemosin.
Roselló enarbola los criterios de Fuster, ignorando la
documentación coetánea. Si leyera LAS PROVINCIAS se habría
enterado de que los catalanes del XVIII idearon la
estrategia de aumentar la longevidad de su lengua; pues como
decía el barcelonés Agustín Eura en 1731: "No me acontenta
que la lengua catalana tenga origen del pueblo lemosín" (LP,18-11-1997).
Pretendían que fuera una de las 72 babélicas, e intentaron
hacer creer -ante el cachondeo de los ilustrados- que el
catalán era el origen de los idiomas adyacentes, desde el
provenzal al castellano. (B. Univ. Barc. Ms. 42). Este
tocomocho todavía lo recuerdan los franceses: "Dans les
temps modernes, le nom de catalan a été donné quelquefois au
provençal classìque. Cette erreur a été répandue par des
savants (?) catalans du XVIII siècle" (Grammaire de I'ancien
provençal. Paris,1921, p. 9).
Roselló carga al "diglósico" Cabanilles maldades
castellanizantes: "Un diglósico (Cabanilles) tiende a
aproximarse a la lengua dominante por la vía de adaptación.
Por esta vía puede convertirse la Mare de Deu del Loreto en
Lorito, Llucena en Lucena, Mutxamel en Muchamiel" (p. 496).
Yerra otra vez. Cabanilles era un científico que escribía
Lorito por escucharlo al pueblo y leerlo en documentación
culta. En 1621 anotaba el cronista de Alicante: "Lo Bisbe de
Oriola, devotissim de Nostra Senyora de Lorito" (Ms. C. Lor.1620).
Además ¿qué es eso de "Mutxamel" con tx, señor Roselló? En
la documentación foral en lengua valenciana -como el
manuscrito de "Nostra Senyora de Lorito de la Iglesia de
Muchamel"- aparece el topónimo con ch; y en 1600 no padecía
diglosia esta zona del Reino.
En su delírio fústeriano, el teniente Colombo Roselló cree
descubrir impresores y correctores valencianos "catalonófonos"
(p. 498) que intentaban catalanizar la lengua valenciana en
el XVIII (quizá confunde a los buscadores de arcaísmos
provenzales, como Sanelo, con sardaneros del Bloc). También
supone que el "diglósico" Cabanilles comete pecado
castellanizante al escribir Lucena por Llucena (pueblo de
mis raíces, por cierto), cuando el botánico se limitaba a
cumplir una norma ortográfica que, en 1667, el Artiacá de
Molvedre recordaba: "May al principi se escriu en valenciá
ab dos II, sols sen escriu una, y es pronuncia com a dos" (Bateig,
1667). Centenaria norma valenciana que en aquellos años
desaparecía, como observó Escoriguela en 1792 "ultimament,
la ele en principi de dicció te forma de dos eles" (Ms.
Reflexiones, f.14). Esta norma sobre las consonantes
liquidas llegó a afectar a las internas. En 1669, un
burlesco "Romance en lengua valenciana" describía a "Un home,
que pera fer la mort, sols li ve a faltar el que li buiden
los uls (por ulls) y leven (per lleven) lo cap del nas" (Rodriguez,
J.: Fiestas, 1667, p. 396).
Da a entender Roselló que Cabanilles era una especie de
calabazón con extremidades que escribía al dictado de algún
sabio catalán, pues intuye su presencia por cualquier
resquicio de la prosa del botánico: "Se sospecha al repasar
el índice caballinesiano alguna fuente catalana" (Roselló.
T. 4." p. 499). Sospecha, intuye, imagina, supone... (como
decía Goya, el sueño de la razón produce monstruos). Sin más
apoyos que los de su fiebre sardanera, insiste en los
disparates: "Es probable que Cabanilles fuese el introductor
del apóstrofo en la lengua catalana" (p. 497) ¡Qué cruz,
señor, qué cruz! En primer lugar atropella los conceptos de
Cabanilles, que siempre llamó lengua o idioma valenciano al
del Reino, jamás catalán. En segundo lugar, Roselló descubre
su liviandad al no consultar textos coetáneos conocidísimos
que le evitarían hacer el ridículo bis. Por ejemplo, antes
de la obra de Cabanilles se pulilicaba el catálogo "d'els
pardals de l'Albufera", donde Orellana situaba apóstrofos
hasta en el titulo.
Así son los criterios filológicos del Tercio de Catalunya
íncrustado en las universidades valencianas. Ellos y los
asesores sardaneros de Bancaixa sí han dejado huella en "Las
observaciones", alterando conceptos y toponimia. Cabanilles
anotaba Cabeçó, no Cabeç; Chorrador del Fillol de Alcoy, no
Xorrador d'Alcoi; Orcheta, no Orxeta, etc. Todo es patético,
como las fotografías con carteles recién pintados por los
inmersores para dar a entender que voces como "amb" o "bruticia"
están arraigadas en el Reino. Once kilos de papel, once,
pesa este féretro catalanero donde quieren sepultar a
Cabanilles.