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El presidente del Consell Valencia de Cultura, Santiago Grisolía,
me acaba de dejar un poco más perplejo de lo habitual en él, al
leerle unas manifestaciones que ha hecho en el sentido de que él
no desmontaría las obras, declaradas ilegales por el Tribunal
Supremo, del Teatro Romano de Sagunto.
Grisolía, en un ataque de amnesia, no debe recordar que toda
autoridad debe cumplir y hacer cumplir la ley, no animar a
desacatarla, lo cual es delito. Y lo que ha dicho el Supremo es
que la Generalitat Valenciana debe desmontar el cuarto de
baño-panteón alicatado de mármol travertino que un día allí,
ilegalmente, montó (art. 39 de la Ley del Patrimonio Histórico
Español) por un caprichito de Lerma y Císcar, modelo Gras-Portaceli,
que nos costó 2.000 millones de pesetas.
Grisolía no debe saber tampoco, con la cuantiosa nómina que cada
mes se lleva de la institución balneario que capitanea, la
importancia de la colonización romana en Valencia, de la
importancia de Sagunto dentro de la Hispania Romana y que su
Teatro Romano era el más valioso ejemplar de todos los
existentes.
El Teatro Romano lo masacraron, lo sepultaron, lo hicieron
desaparecer, y Santiago Grisolía y sus muchachos aún está por
ver que hayan derramado lágrimas. Es más, le parece bien a
Grisolía, que es de ciencias y no de letras, que la restauración
del Teatro de Sagunto se hiciera con fines de que allí se
montaran espectáculos, bailes, circos y cachondeos diversos, no
con la finalidad de recuperar para la memoria histórica lo que
fue y mostrarlo a la posteridad, que es lo que se ha hecho en
todas partes menos en Valencia.
Si Grisolía se dedicara más a la cultura y no a los saraos y
canapés –para eso tiene el don de la ubicuidad- habría visto la
civilizada restauración que han hecho en Zaragoza y Cartagena,
por citar dos ejemplos que están a un tiro de piedra, no sea que
don Santiago se pierda una comida, cena o vino de honor si se va
más lejos.
Allí descubrieron por casualidad sus Teatros Romanos
respectivos, los han destapado y junto a ellos han montado
didácticos museos, que expliquen al personal la importancia de
la historia y cultura romanas de sus ciudades.
Cada día estoy más convencido de que don Santiago, más que por
la cultura, está por el sustancioso cazo-bingo que cada mes le
proporciona hacer de paripé en la cultura autóctona. Si no,
analicen su culta opinión de la destrucción socialista de
Sagunto.
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