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Es más que probable que la
integración de Maria de la Pau
Janer en la lista electoral del
PP balear hubiera pasado
relativamente desapercibida tras
unos días de agitación
periodística y punto.
Sorprendentemente, quien
convierte en un problema -cuyo
alcance está por ver- lo que, en
definitiva, es la integración de
una candidata independiente que
confiesa afinidades con el
corpus programático de los
populares isleños es la propia
Janer con sus desafortunadas
declaraciones, rayanas en la
descortesía pura y dura hacia
quienes la han acogido
cordialmente en su lista.
Sin embargo, peor que la
descortesía, es la torpeza
política que revela esta curiosa
necesidad de justificarse no se
sabe muy bien por qué ni ante
quién. En definitiva, son los
hechos, y no las palabras, los
que definen los comportamientos
políticos y morales de una
persona. Y estos hechos -optar
por ir cogidita del brazo con el
PP- abonarían, en buena teoría,
juicios en las antípodas de los
que ha emitido la Janer. Por
ejemplo, la bofetada que propina
a CiU, a lo que representa CiU y
a las conductas impresentables
de CiU -Pacte de Tinell,
satanización del PP, fascismo
lingüístico, pretensiones
imperialistas sobre Valencia y
Baleares, etc...- con su
decisión de compartir lista
electoral con el Partido
Popular. En política no hay
adhesiones personales que nos
retrotraerían a una especie de
contrato de vasallaje medieval,
sino adhesiones y coincidencias
programáticas, ideológicas y
doctrinales. Las afinidades
electivas personales valen para
la soberbia novela de Goethe, no
para la novela electoral del
próximo mes de mayo.
Lo malo es que Maria de la Pau
Janer, con su imprudente
comportamiento y su torpeza
discursiva, ha causado un grave
daño al partido y sin que quepa
argüir su condición de
independiente que no es, ni debe
ser, incompatible con la
prudencia y la inteligencia
políticas. Por esto, Janer debe
reparar, por imperativo político
y moral, el daño causado a
quienes se han limitado a ser
corteses y cordiales con su
persona y cuyas reacciones
airadas han sido provocadas
única y exclusivamente por ella
misma.
Sólo hay dos formas de
reparación: renunciar si es
incapaz de comprender o asumir
elementales normas de conducta
política que incluyen el
compromiso, la lealtad y la
disciplina; o escenificar gestos
que maticen y desactiven los
graves juicios de valor que ha
emitido sobre el Partido
Popular.
No se trata de cantar la
Palinodía, sino de mostrar la
suficiente habilidad dialéctica
para neutralizar, mediante el
matiz clarificador, el argumento
contextualizador o el lamento
por una imprudencia precipitada,
unas palabras impresentables. En
definitiva, los políticos tienen
un plus de incoherencia que no
tienen el resto de los mortales.
De hecho, casi ninguno puede
resistir una confrontación con
las hemerotecas, como ha
experimentado la propia Janer
cuando, ayer, este periódico
publicaba perversa y
malévolamente una fotografía de
la mallorquina junto al Rajoy y
el Piqué que no quería a su vera
en una foto. La foto ya existía
y casi sólo faltaba darse el
pico.
Cuando el PP perdió la mayoría
absoluta a causa de las DOT me
encontré a José María Lafuente
senior en la calle de San
Nicolás y le comenté esta
especie de suicidio que habían
practicado los 10 o 12 mil que
ejercieron una abstención de
castigo al propiciar el gobierno
de la izquierda. «No es esta la
cuestión», me dijo Lafuente. «El
planteamiento de los que se han
abstenido -continuó- es el
siguiente: si alguien nos tiene
que dar por el c... que, por lo
menos, sean los otros y no los
nuestros». Me impresionó, por su
agudeza descarnada, el argumento
de José María Lafuente que
desbarataba por completo mi
tesis del voto útil que es lo
que se suele oponer desde la
racionalidad política, dando por
hecho que la teoría del «mal
menor» se impone cuando un
votante disgustado se enfrenta a
las urnas.
No hay que infravalorar el
descontento que ha provocado
entre el fiel electorado del PP,
no la incorporación de Maria de
la Pau Janer a las listas
electorales, sino sus
desafortunadas declaraciones. Y
hay que recordar que Tòfol Soler
apenas duró un año en la
presidencia del Govern por sus
veleidades catalanistas: si no
lo hubieran expulsado sus
propios compañeros de dicha
presidencia, hoy, el PP balear,
probablemente no existiría. Por
esto, el PP, junto al frente que
le ha abierto la izquierda
intentando desplazar el centro
de gravedad del debate electoral
de su sitio natural que es el
examen de la gestión, ahora
deberá atender el otro frente
que absurdamente le ha abierto
Maria de la Pau Janer y que es
un frente de distinta naturaleza
porque afecta a sus votantes
casi cautivos. Por esto es tan
importante el gesto que se
espera de Janer -principal
responsable de esta inesperada
situación- y por esto,
previsiblemente, el PP deberá
desplegar un discurso
tranquilizador que no deje la
más mínima duda acerca de cuáles
son sus principios inspiradores
y acerca de cómo estos
principios se materializarán en
políticas concretas.
Estas dos líneas de actuación es
lo que primero debe tener muy
claro el PP desde el punto de
vista estratégico y táctico. Si
lo tiene claro, el resto es una
simple cuestión técnica de
comunicación.
Un gran partido -y el PP balear
lo es- puede y debe aspirar a
abarcar y omnicomprender todo el
espectro ideológico más o menos
afín de una sociedad. Con un
sólo límite: los principios
vertebradores que justifican y
están en la partida de
nacimiento de su existencia. Si
en aras de un grosero
pragmatismo ignora estas señas
de identidad, saltará hecho
añicos, ya que un partido
político es bastante más que su
organización, sus dirigentes y
sus militantes. Es, ante todo y
sobre todo, sus votantes. Estos
que, ahora mismo, están
inquietos y no lo ocultan. Hay
que atenderles. Con urgencia. |