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Roma no es sólo caput mundi sino
uno de estos extraños y raros
lugares en los que, vengamos de
donde vengamos, nos sentimos
como en casa. Lo peor que le
puede ocurrir al que viaja a
Roma es pretender abarcarla en
sus totalidad histórica y
monumental: acabará padeciendo
el síndrome de Sthendal y
confundiendo el Foro Romano con
las Catacumbas, a Miguel Angel
con Rafael y a Berlusconi con
Calígula. Roma hay que digerirla
a pequeñas diócesis, además de a
pequeñas dosis, fragmentar lo
monumental y travestirse de
romano, es decir de sujeto
caótico de una ciudad caótica,
capital de un país caótico que
sobrevive porque su sociedad
civil es más fuerte que el
Estado.
La España diplomática acreditada
en Roma es, hoy, mallorquina:
Pipo (perdón por la
familiaridad, pero no se su
nombre de pila) Dicenta,
embajador ante el Quirinal,
Jorge Dezcallar, embajador en el
Vaticano, su hermano Alonso,
diplomático adscrito a la
embajada de Dicenta. Hubo boda
el sábado pasado de la hija del
embajador, Cristina Dezcallar
López-Chicheri. Una gran
experiencia, para los invitados
me refiero. Empezando por la
liturgia de los oficiantes, un
cardenal español que concelebró,
no con cuatro sacerdotes rasos,
sino con cuatro obispos en Santa
María del Popolo donde se
encuentran los dos mejores
Caravaggios del mundo.
Me reconcilié, además de con la
liturgia eclesial, con Schubert
cuya manoseada Ave María,
interpretada por unos soberbios
coros vaticanos, nos sobrecogió
a los asistentes. Ni un exceso,
ni una nota de mal gusto, ni un
grano de arroz, ni una sola de
las ordinarieces al uso en las
ceremonias matrimoniales.
Todavía hay españoles que saben
hacer las cosas bien, es decir,
con austeridad y buen tono
aunque el marco sea soberbio,
como lo era el Palazzo de Spagna
donde se celebró la cena.
Jorge Dezcallar es, a mi juicio,
uno de los tres o cuatro
diplomáticos españoles más
brillantes que tenemos. ¿Qué
está haciendo en el Vaticano,
una embajada de segundo orden
que sólo los resentidos pueden
considerar como un premio por el
hecho de que su edificio esté
calificado como la mejor sede
diplomática del mundo? Su sitio
no era el Vaticano, sino
Naciones Unidas o Washingon,
habida cuenta la experiencia
acumulada en puestos clave como
la dirección general de Política
Exterior y en la embajada de
Rabat.
¿Por qué aceptaste el puesto en
el CNI?, le pregunté en una
ocasión. Mira -me contestó-
cuando el Jefe del Estado y el
Presidente del Gobierno de tu
país te lo piden, no hay español
que sea capaz de resistirse. Es
la típica respuesta de los que
se llaman servidores del Estado.
Cuando se despidió del CNI -el
primer civil al frente de una
institución militarizada- la
atronadora ovación que
continuaba cuando ya estaba
abandonando el edificio no hacía
sino ratificar el aprecio y el
concepto que tenían sus
subordinados de su gestión.
¿Por qué Aznar pensó en Jorge
Dezcallar para el CNI? Los que
han asistido en Palma a las
múltiples conferencias que ha
pronunciado lo comprenderán
perfectamente: por su
extraordinaria brillantez a la
hora de describir escenarios con
sus hipótesis y variables. Es
decir, lo que corresponde a unos
servicios de inteligencia del
Estado. Si a ello le añadimos
una trayectoria profesional
impecable y una rectitud más
impecable aún, se comprenderá
que me pregunte qué demonios
hace en el Vaticano.
Jorge Dezcallar es un señor de
pies a cabeza y no lo digo por
sus apellidos, sino porque los
señores se notan en la
adversidad: ni un mal gesto, ni
una descomposición de la figura
que altere la imperturbabilidad
de la actitud, incluso cuando la
adversidad se ceba en su entorno
familiar. Se ha sido muy injusto
con Jorge Dezcallar -con una
responsabilidad muy directa y, a
mi juicio, tan gratuita como
intolerable, de Jiménez Losantos-
pero no es esto lo peor. Lo peor
es que uno de nuestros mejores
diplomáticos es desaprovechado
en una embajada dorada, pero de
escaso peso político, encima
presentando este destino como un
premio.
Esta vez, la Roma que me
impresionó no fue la tradicional
Roma monumental, sino la Roma de
un mallorquín que merece estar
en otros sitios. Y, que conste,
la condición familiar no anula
la capacidad de discernimiento. |