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El centro derecha español ha sido democráticamente
ejemplar desde la Transición hasta el día de hoy. Y lo
ha sido en cada una de sus formulaciones coyunturales:
reformistas del Régimen anterior, Alianza Popular, Unión
de Centro Democrático y Partido Popular. Se hicieron el
haraquiri para propiciar el paso no traumático de una
legalidad a otra, pilotaron el proceso constituyente,
tendieron la mano leal y sinceramente a la izquierda,
legalizaron el Partido Comunista, pactaron la
Constitución, no participaron en las inquietantes y
nunca explicadas reuniones catalanas previas al 23-F,
perdieron elegantemente elecciones, propiciando la
alternancia en el poder, no asesinaron, no practicaron
terrorismo de Estado, no crearon policías paralelas, no
asaltaron ni apedrearon las sedes de los adversarios
políticos, no metieron el cazo en las arcas del Estado,
persiguieron y acorralaron a ETA con las exclusivas
armas de la legalidad, defendieron y desarrollaron los
derechos y libertades y fueron argamasa decisiva en la
configuración de España como una nación moderna,
democrática y prestigiada en la comunidad internacional. Conviene refrescar la memoria histórica -ahora, sí- en
estos momentos de penitencia que vive el PP balear y,
muy especialmente, cuando son satanizados por parte de
quienes menos títulos tienen para dar lecciones de
democratismo y otorgar bulas de decencia moral. Lo más
sorprendente de este morboso proceso depresivo que vive
el PP es que, con semejante biografía y trayectoria, se
creen la imagen que de ellos fabrican los que deberían
permanecer callados y guardar perpetuo silencio habida
cuenta sus trayectorias, sus biografías y su legado
político.
Todos sabemos por qué han perdido el poder los del PP,
pérdida que, como advertía en artículo anterior, nada ha
tenido que ver con las razones exhibidas por las plumas
orgánicas de la izquierda. Lo han perdido precisamente
porque no han sido fieles a los principios que han
alentado, tanto al PP como -y esto es más importante- a
sus votantes. No ha sido el PP fiel al costalloberino
siau qui sou, al menos en algunos puntos esenciales para
un puñado de votantes que eran esenciales para redondear
una victoria hegemónica en Baleares. Retornar,
orgullosos, a este 'siau qui sou' constituirá la primera
y más inteligente acción para recuperar, tanto la propia
estima como las expectativas de futuro. Sin mirar de
reojo a la izquierda, sino de frente a los que son sus
supporters casi incondicionales.
El PP balear, como el PP nacional, es el partido de las
libertades y de los derechos inalienables de los
ciudadanos tal y como ha acreditado con creces en lo que
llevamos de democracia. La cuestión de la lengua
ejemplifica perfectamente el porqué de la cobardía, las
medias tintas y un cierto cinismo que se quiere
pragmático está en la raíz de la debacle electoral. No
hay «cuestión lingüística» strictu sensu ni en el PP
balear ni en la sociedad balear. Hay, sencillamente, una
cuestión de libertades -libertades individuales,
libertad de enseñanza, libertad de los padres a elegir
la educación de sus hijos, libertad de los comerciantes
a rotular como les venga en gana sus comercios- que
están siendo violentadas por este fascismo lingüístico
de la peor especie que ni siquiera defiende una lengua,
sino, a su través, la enfebrecida, ahistórica e
imposible hipótesis de los países catalanes. La
condición fascista del catalanismo radical se patentiza
cuando se someten los derechos y libertades individuales
a entes de razón y a abstracciones conceptuales que
convierten en titulares de derechos y libertades,
llámense el «pueblo», la «nación», la «lengua» o la
«cultura». Los protonazis del romanticismo alemán
cultivaron y pusieron en circulación estas abstracciones
y el resultado fue Hitler, el holocausto judío, la
anchluss, el espacio vital y la sangre, sudor y lágrimas
de la guerra. Estos románticos alemanes fueron los
inspiradores y el alimento conceptual de los padres del
catalanismo político que no ocultan su admiración y su
deuda con el protonazismo alemán. Mussolini elevó al
paroxismo la nación italiana que fue el eje nuclear del
régimen fascista. Y los fascistas europeos ingleses,
franceses, belgas, etcétera - todos procedentes, por
cierto, al igual que Hitler y Mussolini, de partidos
socialistas- circularon por idénticos senderos
ideológicos. Los peores momentos iniciales del
franquismo incurrieron en el mismo error. Y los trágicos
ejemplos recientes de los Balcanes nos deberían poner en
guardia -como magistralmente han analizado y subrayado
los profesores Sosa Wagner e hijo (socialistas, por
cierto)- de que no hay que jugar con ciertas cosas.
¿Cuál ha sido el comportamiento del PP balear que ha
provocado la irritación de buena parte de los que le han
votado y de los que no lo han hecho en acto de protesta
ideológica? Promulgan el impresentable decreto de
Mínimos, que está en la raíz de todo el desastre
lingüístico de la Educación. No se plantan ni se atreven
a mantener en el nuevo Estatuto algo tan plausible y
apoyado por los isleños como son las designaciones
seculares de la lengua. Permiten que políticos y cargos
importantes del partido asuman el .cat con todo lo que
ello supone. Fichan, a un mes de las elecciones, a una
catalanista pública y notoria que insulta al partido que
la acoge y a sus líderes nacionales. Y por si no querías
taza, toma taza y media, tras perder unas elecciones por
estas razones, alcaldes importantes del PP se apuntan al
.cat. Lo más irritante no es sólo, aunque también, esta
irresponsabilidad, esta torpeza y esta traición a uno de
los principios fundamentales para militantes y votantes,
sino el grosero pragmatismo de pensar que, con no
aplicar sus propias leyes, se diluye el descontento.
Vienen entonces los catalanistas de la izquierda y sin
cambiar una coma de la legislación del Partido Popular,
la aplican.
El PP no está ni debe estar «en contra» del catalán,
sino a favor de las libertades, entre las que figura la
libertad en materia lingüística, porque su «identidad» y
la de sus votantes es la defensa de las libertades. Este
es el siau qui sou del PP. Si es incapaz de asumirlo, de
transmitirlo y de defenderlo erga omnes, apaga y vámonos:
el PP dejará de ser útil a la sociedad que lo apoya y,
más tarde o más temprano, lo dejará caer como a una
colilla. |