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Las penas hay que llorarlas, aunque estamos en una
sociedad que, ante la menor desgracia, personal o
familiar, te lanza a los psicólogos para intentar
neutralizar el llanto y la pena. Inútil pretensión y
craso error: las penas hay que llorarlas, incluidas las
penas políticas como las que, en estos momentos,
atenazan al PP balear que se dispone a celebrar una
Convención que no se si tendrá una finalidad catártica o
si será trasunto psicoterapéutico de este psicologismo
que nos invade. Tanto si es lo uno o lo otro, creo que
sería una equivocación. Intentaré explicarme. El PP vive un momento peligroso que consiste en hurgar
en un viejo e inveterado defecto que no ha conseguido
quitarse de encima: creerse la imagen que del partido
proyectan sus adversarios de la izquierda. Esta
incomprensible táctica -incomprensible por lo que revela
del PP- está en pleno apogeo y se traduce en las
siguientes afirmaciones: a) El PP ha sido expulsado del
poder porque ha perdido el favor del electorado; b) El
PP es una especie de lobo estepario que no puede pactar
con nadie; c) El PP ha sido derrotado por su política
depredadora del territorio; d) el PP ha sido expulsado
por su política lingüística, etc. etc...
Estos groseros análisis, tanto del PP como de la
realidad electoral, no valdrían el más leve comentario
si no fuera porque buena parte de la tecnoestructura
dirigente del partido se los cree. Los hechos son más
bien otros y la pérdida del poder debe contextualizarse
en los siguientes presupuestos: a) El PP ha obtenido el
mejor resultado electoral de su historia, rozando una
mayoría hegemónica en todas las instituciones, en todas
las Islas y en casi todos los municipios; b) La primera
y principal causa de su «no victoria» aplastante ha sido
una Ley d' Hondt, cuyo sistema de restos provoca
hecatombes que nada tienen que ver con la real
estructura del electorado: basta que un partido de
izquierdas robe un puñado de votos a otro partido de
izquierdas para esta leve alteración de un sector
político que nada tiene que ver con el PP repercuta, en
más o en menos, sobre su número de diputados; y c) El .cat
y María de la Pau Janer afectaron a un reducido número
de votantes del PP que fueron decisivos para convertir
una victoria hegemónica en una derrota histórica. Ésta
es la realidad: ni soledad en los pactos, ni políticas
urbanísticas, ni discrepancias lingüísticas como gustan
reiterar los enfebrecidos y sectarios columnistas de la
izquierda.
De todo ello se desprende una soberbia lección que no
siempre tienen en cuenta los partidos políticos, todos
en general: a los primeros que deben convencer y motivar
los partidos es a su tribu -no hay trasvase de votos de
izquierda a derecha y viceversa- para que acudan a las
urnas y precisamente porque el PP no convenció a una
pequeñísima parte de su tribu, perdió cuando tenía la
victoria a su alcance a pesar de las malas pasadas de la
Ley d'Hondt.
¿Qué debe hacer el PP ante esta situación depresiva en
la que vive? Doctores tiene la Iglesia, pero, en los
momentos de confusión y pesadumbre, es buena cosa volver
a los principios y a algunas verdades elementales que
con frecuencia se olvidan en el tráfago de la lucha
política. Por esto pienso que es una equivocación que la
futura Convención se centre en la hoja de ruta, que está
muy bien si la ruta y su rumbo vienen marcados por los
principios y no sólo por una estricta función
instrumental.
¿Qué es un partido político? ¿Una forma de socialización
como quiere Max Weber? ¿Una organización para
conquistar, ejercer y conservar el poder como afirma
Aron? ¿Un grupo que presenta candidatos a las elecciones
como sostienen Laswell y Kaplan? Por supuesto un partido
es todas estas cosas, pero es algo más. Obsérvese que
casi todos los clásicos politólogos que se han ocupado
con ciencia y eficiencia de los partidos políticos
subrayan de forma abrumadora su función instrumental
pero apenas se ocupan de la razón esencial que está en
el nacimiento de los partidos.
Lo instrumental -la consecución y conservación del
poder- complace muy especialmente a las estructuras
oligárquicas de los partidos que tan bien definió
Michels. Por esto, los que mandan en el PP -y ello es
válido para el resto de los partidos- piensan su crisis
en términos de hoja de ruta que, como su nombre indica,
es un itinerario que conduce a recuperar el poder, pero
que obvia la cuestión de fondo que es ideológica,
doctrinal y de principios. Tan es así que, el PP balear,
consiguió una no victoria en las pasadas elecciones, no
porque la ruta estuviera equivocada, sino porque se
olvidaron imprudentemente algunos principios fundadores
del PP. Los que tacharon el nombre de Janer en las
papeletas de voto no se movían por rutas ni por
pragmatismos políticos -ganar las elecciones- sino por
principios que estimaron que el PP violentaba. Y los que
se quedaron en su casa por lo del .cat y demás retórica
catalanista también se movían por principios
ideológicos, sin que sea el momento de ponderar si, en
ambos casos, debía primar la ética de los principios o
la ética de la responsabilidad. El hecho - y el aviso a
navegantes del PP ante su Convención- es qué votos
decisivos de su tribu protestaron por razones
ideológicas, provocando la no victoria.
El Partido Popular de Baleares no es sólo, ni
principalmente, una organización política que selecciona
a gobernantes y busca la obtención del poder. Es algo
más: es, sobre todo, este, probablemente, más del 50%
del electorado balear que quiere que su partido sea
trasunto de una cosmovisión que comprende derechos,
libertades y algunos principios que para ellos resultan
fundamentales. Conviene que lo recuerden los de la
futura Convención para que no equivoquen ni el
diagnóstico, ni el pronóstico ni la terapia y de ello se
hablará en la segunda parte de este artículo. Yo creo
que, en el PP, aquí y ahora, no es el momento de los
estrategas y de los tácticos, sino de la inteligencia
ideológica y de la lucidez intelectual. Las tácticas,
las estrategias, las hojas de ruta, son posteriores a
que se sepa adónde se quiere ir y adónde no se debe ir. |