|
Llevamos algún tiempo en que los medios de comunicación
inciden sobre la política de inmigración ilegal que
lleva el Gobierno actual y que está soportando nuestro
país y concretamente la Comunidad Valenciana. Las
declaraciones del presidente del Gobierno español,
Rodríguez Zapatero, han tenido la respuesta del ministro
francés, Nicolás Sarkozy, en su reciente viaje a España.
De sus afirmaciones se deduce que no existe una política
común en el marco de la Unión Europea para resolver el
problema que genera esta corriente migratoria de
personas indocumentadas, muchas de ellas albergadas de
forma masificada en centros de acogida en diversas
comunidades autónomas. Se habla de “papeles para todos”, de “solidaridad” y de
“repatriación”; sin embargo, no se ponen de acuerdo en
tomar medidas adecuadas que regulen el flujo migratorio.
El político galo reclamó del presidente español la misma
solidaridad en esta cuestión que la que Francia ofrece
en la lucha contra el terrorismo etarra. Hace unos meses
afirmó que era un error la regulación de inmigrantes que
impulsó el Gobierno español porque ha generado un
“efecto llamada”.
Retrotrayéndonos en el tiempo, el humanista valenciano
Juan Luis Vives (1492-1540) en su tratado De subvencione
pauperum –Del socorro de los pobres– ya abordó
tangencialmente este problema al tratar de la pobreza,
la indigencia y la inmigración.
Para nuestro universal filósofo, la beneficencia pública
es también una función de salubridad social. Preconiza
que intervenga la autoridad para contribuir a resolver
los problemas. Es partidario de que los gobernantes de
la “res-publica” pongan remedio para que las
enfermedades ni prosperen, ni dañen, ni trasciendan.
Asevera que incumbe al poder público practicar y regular
la beneficencia, combatiendo los abusos que se
practican. El Estado, autoridad pública, debe procurar
por todo el complejo social.
La pobreza, la enfermedad, la miseria y la inmigración
no es cosa que puede ser descuidada por los
administradores de la cosa pública,
responsabilizándolos, en ocasiones, de no dictar
oportunamente las disposiciones adecuadas para el bien
gobierno del pueblo y exclamó: “¡Cuánto menos necesaria
sería la penalidad, si la previsión hubiera sido otra!”
Vives propone remedios prácticos para acabar con la
plaga de pobreza. Sostiene que el Estado y los
municipios deben intervenir activamente: “Sepan los
regidores que los problemas de esta índole son de su
incumbencia” y “nada hay tan libre en su república que
no esté sujeto al conocimiento de los que gobiernan”.
También atribuye a la autoridad pública la obligación de
velar para que no haya ociosos y procurar trabajo a los
ciudadanos según su condición y aptitudes. Medidas que
sería conveniente que llevaran a la práctica nuestros
gobernantes en el momento actual.
Igualmente diferencia entre los “perseguidos por la
guerra” y los “inmigrantes”. Respecto a los primeros, se
muestra partidario de que sea la propia nación o ciudad
la que acoja a los desplazados de sus lares; en cuanto a
los segundos, propone que deben volver al punto de
origen, pues manifiesta que a cada ciudad y por
extensión al Estado incumbe el deber de atender a los
suyos.
Nuestro humanista se preocupó ya en el siglo XVI por la
educación infantil, reclamando para los niños el socorro
material que necesitasen, buena instrucción, sobriedad,
buenas letras, piedad y juicio recto.
Juan Luis Vives, en el último capítulo de su tratado,
titulado De subventione rerum , constata las ventajas
que se derivarían de la aplicación de estos consejos o
medidas: un gran honor a la ciudad, reducción de robos,
maldades, latrocinios, delitos y crímenes, mayor quietud
y concordia pública, sentido humano y mayor dignidad de
vida, amén de una conciencia pública con mayor libertad.
Nuestro autor con sus exhortaciones pretendía que las
autoridades tomaran conciencia de la magnitud del
problema. Su intención, con la denuncia pública, era que
“salieran de la miseria”, a fin de que sean reputados
como hombres. Entendía que “no solamente son pobres los
que carecen de dinero, sino cualquiera que está privado
de salud, o carece de ingenio y juicio”. La función del
Estado es prevenir y velar porque el número de
ciudadanos que padecen estas vicisitudes sea el menor
posible. |