El Cabanyal, crónica de una muerte anunciada. Sí,
crónica de una muerte. Porque cuando la avenida de Blasco
Ibáñez parta El Cabanyal por la mitad -con una guadaña de
cemento y hormigón-, lo que quede seguirá llamándose El
Cabanyal, pero tendrá poco o nada que ver con lo que fue. Y
sobre todo con lo que podría haber sido, de mediar otro
talante y otra sensibilidad por parte de Rita Barberà.
Seguirá llamándose El Cabanyal? o tal vez no. Casualmente,
el mismo día en que el Tribunal Supremo daba el pistoletazo
de salida para su destrucción, se presentaba el trazado del
pomposo Valencia Street Circuit, en el que las puertas de
acceso desde El Cabanyal se llaman Puerta Malvarrosa F y G.
Tal vez, la alcaldesa haya decidido premiar la firme
oposición vecinal a este proyecto -durante décadas- con el
mismo método que Jerjes I anunció a Leónidas en las
Termópilas: «Borraremos de la historia todo rastro de
vuestra existencia.» Los persas ganaron la batalla de las
Termópilas, pero aquella gesta consiguió unir a todos los
griegos contra el invasor, que salió escaldado de la Hélade.
La muerte del Cabanyal estaba anunciada por dos causas al
menos: en primer lugar, porque parece ingenuo pensar que un
proyecto con tantos intereses en juego -de personas tan
influyentes- pueda ser frenado por gente sencilla. Cuando
sucede, es la excepción, como todos sabemos.
En segundo, porque el ayuntamiento ha conseguido durante
años acabar con la paciencia de los vecinos. Un consistorio
que ha consentido -cuando no ha auspiciado- la degradación
del pueblo marítimo hasta extremos inmorales. El Cabanyal es
hoy un auténtico gueto dentro de la ciudad: ausencia de
equipamientos, infraestructuras e instalaciones,
delincuencia generalizada, tráfico de drogas, ocupación
ilegal de unas casas, dificultades para la rehabilitación de
otras (por supuesto sin subvención)? Esta situación
perpetuada durante años (especialmente dramática entre la
Séquia d´En Gasch y la Remonta) ha propiciado el abandono
sistemático del pueblo. En otras palabras: todo aquel que
tenía posibilidades económicas -y no era un bohemio- ha
salido por piernas.
Hoy, El Cabanyal (sobre to-do en la zona indicada) es un
pueblo fantasma: sin gente joven, sin comercio, sin oferta
cultural ni deportiva. Muchos de los que se oponían a la
prolongación de Blasco Ibáñez hasta el mar han desistido por
pura desesperación vital: «Que facen lo que hagen de fer,
pero que s´acabe este infern.» Volviendo a la metáfora
clásica: El Cabanyal ha vivido durante décadas un auténtico
sitio medieval por parte del consistorio. El mismo
consistorio que ahora se alza triunfante y salvador con la
sentencia del Supremo -«por fin podremos solventar la
situación del Cabanyal»- es el que ha consentido que la
fachada marítima del cap i casal haya sido durante años un
gueto inhabitable. Ver para creer.
¡Y lo que está por ver! Ya se encargará nuestra televisión
pública -Canal Nodo- de machacarnos la buena nueva: la
prolongación salvará al Cabanyal del caos terminal en que
está sumido. Y siempre habrá una pléyade de analfabetos
funcionales dispuestos a reir las gracias de nuestros
telepredicadores autóctonos, avivando el sonsonete del
progreso, que en este caso no es -como en tantos otros- más
que un sinónimo vulgar de incultura y falta de sensibilidad
con el patrimonio.
En unos años, todo el mundo olvidará lo que hubo bajo el
hormigón: la posibilidad de preservar y explotar
turísticamente un patrimonio sin parangón en el mundo. Y
mucho más, claro: una forma de vivir de miles de personas
que, paradojas de la vida, el propio Blasco Ibáñez -nombre
de la nefasta avenida- exportó al mundo a través de sus
novelas. Pero las fincas son más modernas. En fin?
Porque esto es el fin: si sumamos el bulevar y las fincas
proyectadas, una cuarta parte del pueblo desaparecerá. Y lo
que quedará será un pueblo partido en dos: una zona al sur,
cercana al puerto, mimada para que los turistas la
disfruten; y otra al norte, que se convertirá en el nuevo
gueto, un codiciado caldo de cultivo para la especulación:
construir fincas donde había casas es un buen negocio. Sólo
hay que esperar a que se caigan y se marchen sus
habitantes.
Sentencias como la del jueves ahondan en las dudas -más que
razonables- sobre la independencia del poder judicial. Y,
para alguien lego en leyes como yo, demuestra que la
justicia es un concepto superado. La única justicia que vale
en Occidente -y volvemos a la negra noche de la historia,
previa a la Revolución Francesa- vuelve a ser -¿ha dejado de
serlo alguna vez?- la del más fuerte. ¡Muera El Cabanyal!
¡Viva la Valencia del siglo XXI!
Sobran ya las palabras. Llegan los bulldozers. Sólo, que no
es poco, unas cuantas más para agradecer la lucha encomiable
que por sus casas, por su dignidad y por sus vidas han
mantenido muchos cabanyaleros durante las últimas décadas.
*Coordinador del libro «Les cases del Cabanyal».