|
Ahora que están tan de moda en la microsociología los
marcos referenciales puestos en circulación por Goffman
y elevados a categoría de hermenéutica política por este
sociólogo tan admirado por la izquierda que se llama
Lakoff, hay que reconocer que el catalanismo militante
ha conseguido, inteligente y admirablemente, situar el
debate del catalanismo político y lingüístico en
nuestras Islas en sus propios marcos de referencia: ha
dado por supuesto y, en consecuencia, ha impuesto, el
lenguaje: el catalán sustituye al mallorquín en su
denominación y modalidades, la pseudociencia como
argumento de autoridad, la repetición de una serie de
estereotipos -conquista catalana, corona
catalanoaragonesa, confederación catalanoaragonesa,
lazos comunes e indisolubles, 1229 como fecha fundante,
hic et nunc y por los siglos de los siglos de la
Mallorca catalana- y así sucesivamente. El resto, puro
Goebbels: repetición y reiteración de las falsedades que
se convierten en la verdad. Han coadyuvado a esta
impostura los medios de comunicación, el acriticicismo
ante el dogma que sustituye la duda metódica, la
educación entregada de hoz y coz a los catalanistas y el
manfotismo generalizado de la sociedad. El sermón de Fra Gabriel Seguí en la Catedral
quintaesencia paradigmáticamente la superchería. Gira en
torno a tres ejes: a) 1229 como advenimiento del Mesías
que aporta la buena nueva catalana y surge como un
Pentecostés con el Espíritu Santo descendiendo en forma
de lenguas -no de fuego, sino, en todo caso, de fuego
catalán- sobre las cabecitas de los nuevos mallorquines
que ocupan una res nullius porque han desaparecido por
completo los antiguos moradores; b) la moralina -a la
que sorprendentemente se apunta mi querido Román Piña
senior- de la Conquista a costa de la violencia y el
asesinato de los musulmanes; y, d) el carácter
sacramental -de los sacramentos fuertes, los que
imprimen carácter indeleble- de la Conquista que
consagra los países catalanes que tienen el mal gusto y
la falta de inteligencia de no llamarse así hasta que,
en el siglo XIX, el fanatismo imperialista de los
catalanistas reescriben la Historia y deciden que
baleares y valencianos somos, nos guste o nos disguste,
catalanes. Vayamos por partes.
Dice Seguí que el «31 de diciembre de 1229, nuestro
pueblo nació cristiano y catalán» ¡Ostras! ¿Y qué eran
los mallorquines romanizados durante mil años?
¿Adoradores de Júpiter? ¿Seguidores de la diosa ibicenca
Tanit? No nació cristiano -en todo caso, renació- ni,
desde luego, tampoco catalán. Sólo un mesianismo de la
peor especie -y la peor especie es el mesianismo
nazi-étnico mitificador de una nación, inexistente,
encima- puede interpretar la Conquista en estos
términos. Mallorca venía ya de lejos en 1229, Cataluña,
como tal, como proyecto nacional o, siquiera, regional,
no existía, la Conquista obedeció a razones tan
pedestres como la piratería mediterránea o -puestos a
chinchar a los catalanistas- como impulso de la
Cristiandad o, desde luego, como recuperación del mito
de la Hispania romana y visigótica.
Mallorca no era, a pesar de las masacres, tierra sin
pobladores y, para colmo, los que vinieron a
conquistarla no eran, en su mayoría, catalanes. Está
bastante documentada la integración de la población
mallorquina tras la Conquista, entre otros por el
capbreu (catastro, para entendernos) de Don Estanislao
de Koska Aguiló y referido a la parroquia de Santa
Eulalia: los catalanes eran la minoría más numerosa,
pero el conjunto de las otras minorías -aragoneses,
navarros, franceses, castellanos, etc.- superaban a la
minoría catalana. O sea que esto de que, en 1229,
Mallorca «nació cristiana y catalana» es un wishful
thinking, que diría un anglosajón, de Seguí y los
catalanistas.
La moralina de la Conquista sangrienta. No hay mayor
pecado de lesa Historia que aplicar categorías
hermenéuticas actuales -sean políticas, económicas,
culturales o morales- a periodos del pasado. No hace
falta apelar al derecho de conquista que está en la base
de todas las naciones del mundo sin excepción. Basta
referirnos a la realidad de la época donde los
musulmanes pasaron a cuchillo a los cristianos y los
cristianos pasaron a cuchillo a los musulmanes. En el
mejor de los casos, deberían pedirse perdón mutuamente
ambos colectivos.
Lo de confederación catalano-aragonesa, lazos comunes,
pertenencia al mismo cuerpo político- territorial es una
falsedad intolerable en quien se postula como
historiador. Álvaro Santamaría -que sabía bastante más
que Seguí- se cansó de explicar e investigar el carácter
de unión personal de los territorios de la Corona de
Aragón. Nunca fueron una confederación -licencia que
sólo se explica por la indigencia jurídica de Seguí al
manejar categorías y conceptos políticos que se le
escapan a su comprensión. Una confederación implica
instituciones comunes y estas no existían más allá de la
voluntad personal del Rey. Puestos a no tener ni
siquiera existía la institución que arbitrara los
conflictos sucesorios como demostró el Compromiso de
Caspe. No hubo relación -más allá de la vecindad o
comercio con el entorno mediterráneo- entre los
territorios de la Corona. El Reino de Mallorca nunca,
jamás, dependió de Cataluña ni existió intermediación de
ninguna clase entre Mallorca y el Rey. Además, es
perverso llamar confederación (falso) catalano-aragonesa
al reino de Aragón. ¿Y Valencia? ¿Y el Reino de
Mallorca? ¿Dónde estamos subsumidos: en Aragón o en
Cataluña? Amos anda, Seguí.
Por último ¿qué es esto de que, aquí, se ha intentado
que «olvidáramos el nombre legítimo de nuestra lengua»?
Lea a su superior jerárquico -Fra Amengual, otro
fanático catalanista- cuando historia el Catecismo en
Mallorca a lo largo de los siglos: ni uno habla de
catecismo en lengua catalana. Ni uno. Todos o lengua
mallorquina, o lengua vulgar o lengua romance o, vade
retro, lengua castellana. Ustedes han conseguido que se
olvidara que el mallorquín se llama mallorquín y no
catalán. ¿Y el expolio? Se debe referir a Pedro IV, un
cabrito para Mallorca. |