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Una vieja historia. Durante el tardofranquismo y
principios de la Transición, el Partido Comunista de
España (PCE) manejó, con admirable inteligencia, su
inmunidad ideológica apoyándose en dos muletas
dialécticas: el anticomunismo visceral y el no hay que
hacer el juego al sistema. El éxito de su táctica fue
total: todas las fuerzas democráticas pasaron por el
tubo e incluso soportaron algunas mangurrinadas
comunistas como era su sobrerrepresentación en cualquier
instancia de oposición a través de distintos colectivos
que eran uno sólo, el PC ejerciente de hidra de siete
cabezas. Por lo menos. Se cargaron de esta manera la
Asamblea de Cataluña y, en Baleares, nos tomaron por
tontos a todos los que integramos el colectivo
Tramontana, en el que el PC estaba presente, por lo
menos, si la memoria no me falla, con tres asociaciones
de aparente distinto pelaje. Se acabaron la mítica comunista y su inmunidad
ideológica el día que, en libertad, las urnas hablaron:
ante su veredicto ya no valía lo del anticomunismo
visceral como sinónimo de extrema derecha ni cabía
apelar a lo de hacerle el juego al sistema, porque el
sistema era una democracia. Una de las consecuencias
personales de esta constatación del carácter cuasi
grupuscular, en términos nacionales, de los comunistas
fue que mi voluminosa biblioteca de pensamiento y
doctrina marxistas pasaron a las estanterías altas de mi
librería, es decir, donde se coloca la obsolescencia
ideológica que ya no sirve ni siquiera para ser leída.
La historia se repite. Los que peinamos canas no podemos
menos que sonreírnos al ver que la historia la está
repitiendo, punto por punto, el catalanismo que ha
venido a ocupar el lugar del comunismo y sus técnicas
del anticatalanismo visceral como expresión de la
intolerancia y del pensamiento ultra. El último, ayer
mismo, Pere Fullana que insistía en la criminalización
sistemática y patológica de lo catalán y de lo vasco por
la mentalidad mesetaria y cerril del resto de España.
Como ocurre sistemáticamente con los nacionalismos
irredentos -la única caverna antidemocrática que, de
hecho, tenemos en España- la habilidosa táctica consiste
en la transposición metonímica o metafórica de lo
catalán por lo catalanista nacionalista de acuerdo con
esta simplificación a la que tan aficionados son los
políticos catalanes que confunden Cataluña con sus
personas o con sus ideas. La última de Maragall: «Quien
no apoye el Estatut se las verá con el pueblo de
Cataluña». Ridículo.
Un bluf. Lo anticatalán no existe en Baleares, siquiera
sea porque apenas existe el catalanismo, un movimiento
grupuscular, estratégicamente muy bien situado y que se
ha mantenido y mantiene artificialmente con el dinero
público, el de unas instituciones regionales
incomprensiblemente genuflexas ante cuatro gatos. Ha
bastado que el Govern le corte el grifo subvencionador a
la Obra Cultural Balear para que esta entidad
omnipresente en todas las salsas entre en fase terminal.
El día que Munar deje de manejar presupuestos públicos,
obrasculturales, diariosbaleares y demás se desharán
como un azucarillo en un vaso de agua. Y el día que el
Govern se tome en serio, y, nunca mejor dicho, sin
complejos, el tema educativo, el catalanismo
independentista quedará reducido a cuatro periodistas y
cuatro lletraferits y poco más.
Pero hay más: estas gentes -como diría María del Mar
Bonet- llaman anticatalanismo visceral a lo que no es
sino un legítimo y lógico mecanismo de defensa ante una
agresión a nuestra pacífica mallorquinidad secular o, en
el mejor de los casos, a una discrepancia respecto a lo
que entendemos es España, su Constitución y su
vertebración interna, asuntos que, por la cuenta que nos
traen, son, también, nuestros. La táctica, en
definitiva, consiste en victimizar a los verdugos -basta
ver cómo trata el diario Balears a los terroristas de
ETA- y satanizar a las víctimas o a los agredidos.
El Govern. Yo creo que el Govern debería revisar en
profundidad sus posicionamientos vis a vis el
catalanismo independentista y sus expresiones más o
menos vergonzantes. Por ejemplo, la Eurorregión, como
nos temíamos y según ha confesado paladinamente Maragall,
es un planteamiento sustitutorio de los Países Catalanes
que venden mal. Ahora mismo, el dominio .cat es más de
lo mismo: un acto imperial del catalanismo
independentista que pretende englobarnos a nosotros y a
los valencianos por la vía típica y tópica de que si
nuestra lengua es la catalana formamos parte del espacio
cultural catalán y, en consecuencia, estamos englobados,
querámoslo o no, nos guste o nos disguste, en el .cat.
Como los comunistas de los años 70, los catalanistas
piensan que somos imbéciles.
Y tal vez lo seamos, cosa que no son los valencianos
cuyo sentido de la dignidad y de la independencia es muy
superior al nuestro, lo cual no deja de resultar triste.
No basta que Flaquer diga «no utilizaremos el dominio .cat»
y que demuestra que no se entera o no se quiere enterar
de por dónde van a ir las cosas. No es que no lo
utilizaremos: es que «nos lo utilizarán», queramos o no
queramos, y «nos lo utilizarán» en nuestro nombre en
esta anchluss que tanto irrita a los catalanistas y que
se manifiesta de forma insidiosa, implacable,
inasequible al desaliento.
Personalmente, creo que el Govern -sea cual sea- debe
pensar en términos estratégicos que son los mismos a lo
largo de la Historia: siempre debemos aliarnos con los
vecinos de nuestro vecino, sobre todo si nuestro vecino
tiene veleidades expansionistas -y las tiene- bastante
desagradables e insistentes. España siempre se llevará
bien con Alemania porque ambos tienen a Francia de
vecina. Y Marruecos y Francia siempre estarán a partir
un piñón -y nos putearán- porque tienen a España de
vecina. Nuestro eje es el de Madrid-Valencia-Baleares y
no el de Baleares-Cataluña. Encima, son más generosos
que Cataluña que siempre nos boicoteará a nosotros y a
los valencianos, en las Olimpiadas, con el AVE u
oponiéndose a nuestra Universidad. Debemos revisar
nuestra política exterior. |