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Me han criticado muchas veces cuando comento/afirmo que
el pueblo valenciano tiene la sangre de horchata. Un pueblo que permite,
prácticamente hasta la indiferencia, todos los atropellos, humillaciones y
vejaciones a las que nos están sometiendo: los catalanistas de allí, los
catalanistas subvencionados de aquí, el gobierno central, y el autonómico
por su desaforado complejo pseudoprogresita; o es masoca, o le corre la
extraordinaria bebida de Alborada por las venas, o lo que es peor, no tiene
los suficientes arrestos para defender lo suyo.
Como toda regla tiene una excepción y nunca se es justo
cuando se generaliza, valga como excepción aquellos patriotas valencianistas
que, se dejaron la piel, la familia y el trabajo, en la lucha por la defensa
de la personalidad valenciana, y, en especial, a los que lo sufrieron en los
años 70 y 80.
Como claro ejemplo de lo anterior, y ahora se cumple el
25 aniversario, un grupo de valencianistas, con nombres y apellidos, heridos
en lo más profundo de su corazón, “razonaron” que, el pencholl que los
impresentables de turno, se habían atrevido a colocarnos en el Ayuntamiento
del Cap i Casal del Regne, como símbolo representativo de los valencianos,
nos insultaba y nos postraba.
Se acercaba el 9 d’Octubre, y aquella bandera oficial
para otro pueblo, no dejaba de ser una “márfega” para el nuestro, que lo
sentía como alfileres incrustados en los ojos, cada vez que la vista se
dirigía al balcón del Ayuntamiento, provocando además cólera y vómitos de
indignación.
La Senyera, que no se inclina ante nadie, menos lo podía
hacer ante el emblema de la claudicación. Muchas pruebas hasta encontrar el
“método” adecuado para hacer desaparecer aquel “trapo” que pudiese,
simplemente rozarla, hicieron falta. ¡Pero se consiguió! Y así se demostró
que, este pueblo cuando cambia la horchata por la testosterona, ni se le
humilla, ni se le chantajea.
¡Qué pena que hoy prime más la horchata, el cargo o la
nómina! |