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Si eres una de aquellas personas que lleva el burro
catalán dentro, haz que tu sueño se haga realidad: cómetelo”. Aunque algunos
no se lo crean, o lo pongan en duda, esta frase no pertenece a ninguna
pegatina o eslogan de una asociación anticatalanista; es la que figuraba en
el cartel anunciador de la sociedad gastronómica La Xicoia de Sort (Lleida),
para la I Festa del Ruc (burro en catalán).
Los dos ejemplares de burro sacrificados para elaborar el
estofado y longaniza de esta convocatoria proceden de la comarca de Pallars,
y según el vicepresidente de la Xicoia, Jaume Mata, no pertenecen a la
especie protegida “guará catalá”, sino que se trata de dos machos de raza
común. Otro miembro de la asociación, Ramón Aites, anuncia que el asno es
“catalán” porque “vive y trabaja en Cataluña”.
No es de extrañar que dicho espectáculo haya levantado
las iras de asociaciones ecologistas y de defensa de los animales. Lo más
paradójico de toda esta historia son los argumentos esgrimidos por estas
asociaciones: sus protestas únicamente se centran en que la fiesta es
“esperpéntica y lamentable” porque se resume en comerse “a una de las señas
de identidad de Cataluña”.
Incluso la presidenta de la Asociación en Defensa de los
Derechos del Animal (ADDA), Carme Méndez, añade que en esta ocasión no
realizará ninguna acción puntual, aunque advierte que “se pensarán y
valorarán acciones para un futuro”. Sí que propone, sin embargo, enviar una
carta o un mail de queja a los organizadores, ya que recuerda que “el burro
se ha convertido en el símbolo de Cataluña por transmitir un sentimiento,
una manera de entender el país y su gente, promover una identidad, una
cultura y unas costumbres”.
Ahora me explico por qué ha proliferado tanto el emblema
del burro catalán en forma de pegatina que “lucen” algunos coches en la
Comunitat Valenciana.
Inocente de mí, creía que obedecía a una reivindicación
ecologista, a una muestra de apoyo a una especie protegida en vías de
extinción, y resulta que no; que el burro es la manera de entender la
identidad, el sentimiento y la cultura catalana.
No me extrañaría que los miembros de la AVL hayan
participado en ese festín gastronómico de estofado y longaniza de burro
catalán, y los efluvios del asno los hayan reconvertido, más si cabe, con
esa identificación cultural y sentimental del origen autóctono del equino.
Como tampoco desterraría la idea de que entre los comensales ecologistas se
encontrasen algunos de los profesores de los institutos de nuestra Comunitat;
aquellos que “recomiendan” a los alumnos como material escolar libros como
El Nom, La Unitat i La Normalitat –Informe sobre el reconeiximent del català
com a llengua oficial i propia del País Valencià–, de la editorial Acció
Cultural del País Valencià i del Observatori de la llengua catalana;
propiciando que cada vez en nuestras tierras haya más adictos al burro.
Cuesta creer, por más que sea cierto, que algunos
valencianos se sientan identificados con el asno que simboliza, no ya otra
cultura, la catalana, sino que además promueve el intento de exterminio por
suplantación de la nuestra, la valenciana.
Pero si este hecho es de lamentar, no por su simpleza
pedagógica sino por su estrategia megalómana, lo es mucho más que aquellos
que tienen la responsabilidad de que las nuevas generaciones se formen
atendiendo a las más elementales reglas del rigor, la veracidad y la
legalidad, consientan estas manipulaciones que atentan contra la ley
soberana de los valencianos: el Estatut.
De poco servirá al PP el día de mañana lamentarse por
haber contribuido a crear con el actual sistema de enseñanza “jarrais-catalanistas”,
que además de identificarse culturalmente con el burro, apoyen a las fuerzas
ideológicas que lo promueven y que, lógicamente, no son ni serán las que
ahora consienten, por su indiferencia o complejo, la dogmatización a los que
los someten.
Quizás, de continuar como hasta ahora, no nos extrañe que
dentro de unos años se desplace la “Festa del Ruc” (fiesta del burro) desde
Sort (Lleida), a nuestra Comunidat y no precisamente para celebrar su
carácter gastronómico, sino como símbolo identitario de los países
catalanes. |