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Cinco años se cumplen exactamente hoy de la constitución de la
Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL). Fue un acto solemne en
el Saló de Corts del Palau de la Generalitat, con Eduardo
Zaplana de introductor de los 21 académicos, que prometieron (o
juraron) el cargo al que tienen derecho por quince años. Ha sido
un lustro con bastantes momentos difíciles y pocos de gloria. Si
de la academia española se dice que pule y da esplendor, la
valenciana ha pulido, pero el brillo social no lo ha conseguido
aún. Xavier Casp, que era el miembro de más edad, salió de la
ceremonia de aquel 23 de julio de 2001 como presidente
provisional y Artur Ahuir, el más joven, resultó investido
secretario eventual. Fallecimientos y renuncias han hecho que
cuatro de aquellos primeros académicos ya no estén. La marcha
más sonada fue la del propio Casp, que en septiembre de 2002, y
tras una actividad casi nula en la institución, abandonaba
formalmente. El ex decano de la Real Acadèmia de Cultura
Valenciana (RACV) se fue sin criticar al Consell ni a la
Acadèmia, pero sin reconocer los primeros acuerdos normativos
-alcanzados el 25 de marzo y el 20 de mayo de ese año-, que
daban carácter oficial al valenciano utilizado por la
Conselleria de Educación desde 1983. Esto es, a la normativa
consolidada por las universidades a partir de las Normes del 32.
Casp murió en 2004. También por defunción quedaron vacantes las
plazas de Alfred Ayza (el primer secretario) y Vicente Gascón
Pelegrí. La catedrática Carme Barceló dimitió en octubre de 2003
tras varios choques con el sector oficialista. Los cuatro
puestos están cubiertos hoy en día por Àngel Calpe, Emili
Casanova, Manuel Pérez Saldanya y Ricard Bellveser, que lleva
sólo dos meses en la casa. Casa es precisamente lo que no tiene aún la AVL, pese a lo
establecido en la ley y las promesas del Consell, que en 2003,
en los momentos de idilio del presidente Francisco Camps con la
institución, llegó a ofrecer un palacete en la plaza de San
Nicolás. El conseller González Pons se hizo una estupenda sesión
fotográfica con la presidenta, Ascensió Figueres, en el
edificio, pero los equilibrios en el PP hicieron que sólo unos
meses después el caserón fuera sede de la conselleria creada
para la zaplanista Gema Amor. La AVL nació para acabar con el conflicto lingüístico y, cinco
años después, este permanece, ya que un reducido sector social,
que gira en torno a la RACV, Lo Rat Penat y algunos grupúsculos
más radicales, no acepta las propuestas de la Acadèmia, a pesar
de los intentos de esta por excluir el menor número posible de
usos y dar prioridad a «las formas genuinas valencianas». No
obstante, la batalla lingüística, que en determinados momentos
superó el ámbito de las letras, ha quedado hoy reducida a una
expresión mínima. Sin embargo, todavía surgen rebrotes potentes del conflicto, que
evidencian la productividad que la cuestión ha dado a la
política en las últimas cuatro décadas. El caso del dictamen
sobre el nombre y la entidad del idioma ha sido la última
prueba. Una mayoría de académicos acordó un documento durante
los últimos meses de 2004, pero al Consell no le gustó -entre
otras cosas, abría la puerta al uso de la denominación
valenciano/catalán en el exterior- y envió al titular de
Cultura, Alejandro Font de Mora, a abortar el proyecto. La
intervención se produjo el 22 de diciembre y representa el
episodio más oscuro en la historia de la institución. Unas
semanas después, el 9 de febrero de 2005, los académicos
aprobaban sin votos en contra -salvo una indisposición que no se
supo si fue urinaria o voluntaria- un texto similar, ligeramente
suavizado. El daño social estaba hecho, no obstante. La última etapa de la Acadèmia ha sido una lucha por ganar el
prestigio perdido. El arma han sido las primeras grandes obras
de la institución. Son el Diccionari Ortogràfic i de
Pronunciació del Valencià (DOPV), que acaba de ver la luz en
papel, y la Gramàtica Normativa Valenciana. Los otros dos
grandes documentos en este tiempo han sido la versión valenciana
del misal -bloqueada por los obispos de las diócesis- y el
Llibre Blanc sobre l'Ús del Valencià, que constató un descenso
en el conocimiento de la lengua. La inclusión de la institución en la reforma del Estatuto ha
sido otro elemento de refuerzo social, aunque cinco años después
de su creación no se ha disipado la duda de si el Gobierno cree
en la institución que él mismo inventó. Figueres da indicios de que quiere seguir La primera junta de gobierno empezó a funcionar en septiembre de
2001, así que la renovación del órgano de mando, que toca a los
cinco años, no se acometerá hasta la vuelta de las próximas
vacaciones. El pleno celebrado el pasado viernes es el último
convocado por esta junta, que en agosto pasa a estar en
funciones a la espera de que en septiembre se inicie el proceso
de elección del nuevo equipo gobernante. El día 22 de ese mes
está marcado para el plenario que deberá aprobar la nueva
directiva. Habrá que ver si es nueva o no tanto, ya que en los contactos
producidos en las últimas semanas, la presidenta, Ascensió
Figueres, ha dado a entender que optará a la reelección, en
contra de lo que hace unos meses parecía que era su intención.
El Consell, no obstante, prefiere que intente mantener el puesto
ante la hipótesis de que tal vez Josep Palomero (vicepresidente
y militante del PSPV) pueda auparse a la presidencia. No
obstante, entre los académicos se baraja con fuerza la
posibilidad de que un miembro del sector universitario lo
intente. |