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CANAL 9 TVV, esa sinarquía, retransmitió una procesión en Semana
Santa desde Cocentaina. En unminuto la locutora ¿de cuota? leyó
un texto «ad hoc» del Arzobispo de Valencia; el resto del tiempo
se trivializó el acto; hasta nos enteramos de que una de las
imágenes estaba hecha ¡con resina de poliester! Eso sí, todos
los intervinientes en la retransmisión se expresaron con la
prosopopeya que pontifica Canal 9. Así, un tal Juanjo -¿por qué
no «Joanjo»?- lo hacía en un correctísimo valenciano de Oxford
hasta que no pudo seguir tanta sumisa ortodoxia y evacuó un
¡desde luego! merecedor de reclusión mayor en el cuarto oscuro
de la Academia Valenciana de la Lengua, garante del integrismo
unitario; ya se sabe, ese engaño conceptual: o el coro o el
silencio. Claro que otros intervinientes sufrieron los mismos
retortijones mentales y acabaron obrando «olvidar» y «hortelano»
-de inmediato corregidos por «oblidar» y «hortolano»- y
siguieron saliéndose de norma con «charco» y no «toll», «tumba»
y no «tomba», «nombrament» y no «nomenament», «tambor» y no
«tabal», «capuchóns» y no «capirot» o «cucarolla» o «caparucho»,
a elegir; eso sí, dijeron «dinou» por «deneu» y ni una vez se
les escapó lo de «baix« o «baixar» y sirvieron el cultísimo «davall»
o «davallar», tal como mandan los sinarcas. Ah, últimamente les
hemos oído lo de «el policía que volía salvar la víctima», para
unir a aquello de «el turc que volía matar el Papa» o «el
terrorista que volía matar el Rey»... Hecha esta digresión lingüística volvamos al laicismo rampante,
que redundantes profetas nos anuncian la agonía del
cristianismo, y ya van por los dos mil años de obsesión, que por
lo visto están oyendo ya sus últimos acezos, sus carfologías.
Confirman lo advertido por Julio Camba: «Siempre vamos detrás de
los curas, con un cirio o con un palo». Los primeros somos los
creyentes, los segundos son los racionalistas. Los primeros
-decía Martínez de la Rosa, que presidió un gobierno liberal
mediado el siglo XIX, conocido por Rosita la Pastelera tanto por
sus derivas homosexuales como por sus pasteleos electorales- son
los que creen en milagros ¡bah...!; en cambio los segundos son
los que creen, ¡oh!... en la Lotería Nacional. A un vecino de página que oficia en la planta baja, le da «mucha
pereza desmontar desde la razón lo que se sostiene de forma
ciega e incondicional»; se refiere al «misterio de la Santísima
Trinidad», al tiempo de «no encontrar encaje, ni siquiera desde
la fe, en la devoción por las imágenes». Respondan a la primera
Rof Carballo, psiquiatra, fallecido, académico de la Española:
«El cinismo de la razón, es decir, la desvergüenza que tiene la
razón de pasar ante los hombres por busca de la verdad cuando en
realidad lo único que en el fondo le importa es el poder, la
fuerza, el dominio directo o indirecto sobre los demás hombres»;
y José Luis Pinillos, sociólogo: «La racionalidad exclusivamente
científica puede conducir a situaciones absolutamente
irracionales». A la segunda responda Karl G. Jung, discípulo de Freud: «El
sentimiento es una función racional ordenando un acto
voluntario»; y concluya Albert Einstein: «Cada vez que la
ciencia abre una puerta se encuentra con Dios». Tocante a lo de las imágenes, lo son el puño y la rosa; y el
retrato enmarcado de Pablo Iglesias -por cierto «partidario del
atentado personal», según confesión propia-; y la escuadra, el
compás y el mandil de los talleres masónicos. Por último, los hay que además de creer en la Lotería Nacional
creen en un número que no se puede representrar por un entero,
decimal o fraccionario, que es inconmensurable... o sea, eterno.
Es el número pi, un número ¡irracional! Solo con fe se puede
creer en él... |