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Si partimos de la certeza histórica de que
Valencia y Cataluña son dos partes integrantes de la nación
española, tal vez las cosas comiencen a aclararse para todos,
valencianos y catalanes (si existe voluntad de verdad y
clarificación mutua se entiende, y no es este desgraciadamente
el caso por parte del independentismo catalán y menos en estos
días). Nunca Cataluña fue parte de la Corona o confederación,
tanto da, catalana-aragonesa, nunca. Otra cosa es lo que precise
la cultura nacionalista catalana para construirse una Edad Media
a medida de sus perentorias necesidades presentes. Valencia, por
su lado, fue reino. Lo que significa que debe existir, y primar,
meridiana claridad respecto a la verdad histórica. Fuimos un
reino potente del Mediterráneo que, como tal, familia Borgia
incluida, influyó de modo decisivo en la construcción de la
Europa de su tiempo. Valencia fue ciudad puntera desde el punto
de vista comercial, económico, cultural y político de su tiempo.
Su cultura, así como su lengua valenciana propias, que por serlo
mantuvo lazos históricos evidentes con todas las descendientes
del tronco común del latín medieval, fueron vehículos intensos,
fecundos y conformadores de la cultura occidental y española.
Por ello, las relaciones históricas de Valencia con Cataluña son
claras, diáfanas, ricas y enriquecedoras para ambas partes.
Valencianos y catalanes poseemos historia suficiente que nos
permite una comprensión profunda sustentada, hoy y aquí, en un
respeto escrupuloso y exacto de la misma, los Estatutos
autonómicos respectivos y la voluntad popular expresada
libremente en procesos inequívocamente democráticos en nuestras
dos comunidades autónomas. Valencia no puede ser una permanente
menor de edad para ciertos sectores nacionalistas catalanes.
Cataluña no puede ser una sospechosa enemiga para algunos
sectores valencianos (que no representan ni ahora, ni en un
hipotético futuro la pluralidad de la Comunidad Valenciana, y
los sentimientos comunes de los valencianos). Y, sobre todo, no
es posible fingir desconocimiento de lo sucedido desde la
Transición a la democracia y de las responsabilidades de todos
en lo acontecido. Muchos valencianos muestran aversión por
Cataluña. Bastantes catalanes, demasiados, a su vez un
desconocimiento asilvestrado y petulante de la realidad
valenciana, a la que miran como de segunda B.
La política nacionalista catalana en materia lingüística y
cultural no ha ayudado, ni ayuda hoy, mucho a la normalidad de
nuestras relaciones mutuas. Ello también es obvio. Lo que ocurre
es que hay que decir con tranquilidad que ello no puede ser
jamás pensado como animadversión contra Cataluña, comunidad
autónoma española digna de lo mejor y con la que los valencianos
debemos aspirar a mantener relaciones de amistad, entendimiento,
comprensión y cooperación inteligente e históricamente veraz. Al
igual que debe ocurrir con la Comunidad Valenciana para
Cataluña. Y ello debería suponer por parte de Cataluña
correcciones igualmente inteligentes. Ejemplo: respeto absoluto
a la denominación estatutaria de nuestra Comunidad, a su lengua
y cultura propias. Semejante paso, por parte de todas y cada una
de las instancias de la sociedad catalana (que tantas y valiosas
muestras ha dado de madurez democrática y de contribución a la
convivencia en España, un recuerdo afectuoso desde aquí a Miquel
Roca i Junyent) sería enormemente beneficioso para los intereses
que deben sernos comunes: los de respeto, tolerancia y
cooperación recíprocos. El que los valencianos
seamos capaces de vivir orgullosamente nuestra condición de
tales es la otra condición precisa para establecer puentes de
diálogo y fructífera colaboración (hoy complicadísimo por el
absurdo gobierno social-independentista-izquierda unida-verde,
que gobierna la Generalitat catalana). Sólo desde ese orgullo
respetuoso, pero claro e históricamente cierto, es posible una
corrección del rumbo en todo aquello que el pasado ha hecho más
penoso e incierto: la vivencia desde la igualdad constitucional
y estatutaria de nuestras respectivas entidades políticas,
económicas y, sobre todo, lingüísticas y culturales. Valencia ha
de vivir libre y cultamente su personalidad, sus derechos y su
historia. Condiciones básicas para la recuperación, por medio de
la acción democrática e integradora de nuestra Generalitat, de
su real grandeza y significado profundo en una España plural y
compartida como nación común de todos los españoles. Así no sólo
podremos convivir, sino entendernos, respetarnos y estimarnos
mutuamente. Pensemos seriamente en ello. |