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Decían ya en tiempos de Roma que si una
ley es injusta no es ley. Y España, al fundamentarse en
leyes injustas y antidemocráticas, es no un estado de
derecho sino un estado de desecho, no una democracia sino
una dictadura disfrazada de democracia. Los ciudadanos
debemos cumplir todos los imperativos legales que sean
justos, mas cuando nos topamos ante una ley injusta, es
nuestra obligación desobedecerla y rebelarnos ante ella.
No puedo acatar la Constitución por ser
una ley injusta. La democracia requiere de un elemento
indispensable sin el cual no puede existir; la separación de
poderes. Y la Carta Magna impulsa la unión de los poderes,
ya que permite que las mismas personas que gobiernan (poder
ejecutivo) puedan además ser parlamentarias (poder
legislativo) y para colmo elegir a dedo a magistrados (poder
judicial). Es una ley injusta... luego no es ley.
No puedo acatar el Estatuto Valenciano
por ser una ley injusta. De Estatuto sólo tiene el nombre.
En realidad es una carta colonial redactada en Madrid a
espaldas de los valencianos e impuesta sin ni tan quisiera
ofrecer la opción de una consulta popular. Una carta
colonial que convierte además el valenciano en catalán en
contra de la voluntad mayoritaria del pueblo, que los
considera dos lenguas distintas. Es una ley injusta... luego
no es ley.
No puedo acatar el sistema judicial de
España por ser una burda farsa teatral. La justicia, para
ser justa, debe ser independiente. Y es obvio que si los
miembros del Tribunal Constitucional y del Consejo General
del Poder Judicial son elegidos a dedo por políticos, dichos
altos cargos serán las marionetas de los partidos que les
han colocado en el sillón. Es como si los árbitros de la
liga fueran escogidos a dedo por el Real Madrid y el Barça.
La democracia no consiste en votar cada
cuatro años y dejarnos pisotear el resto del tiempo. La
democracia es que los políticos obedezcan la voluntad
mayoritaria del pueblo siempre y en todo momento. Y que
existan medios ejecutivos para forzarles a ello, como en
Suiza. Porque los políticos deben estar para servir a la
gente y no la gente para servir a los políticos, porque los
ladrones tienen que estar entre rejas y no ocupando un
escaño.
Las leyes españolas, comenzando por su
propia Constitución, convierten al Estado en una dictadura
disfrazada de democracia que permite casos tan sangrantes
como que el gobierno español apoyara la Guerra de Irak de
2004 con la oposición del 91% de los ciudadanos o que el
catalán sea oficial en Valencia cuando más del 70% de los
valencianos considera al Valenciano como un idioma
independiente y distinto del catalán o de cualquier otro.
Como demócrata que soy invoco el derecho
natural -inherente a todos los seres humanos- para rebelarme
ante lo que es un estado de desecho y unos gobernantes que,
pese a haber sido escogidos, no dejan de ser tiranos. No
reconozco la autoridad del Estado, de sus leyes viciadas de
raíz ni de sus tribunales, que son pantomima. Y a falta de
leyes justas redactadas por los hombres, en adelante me
guiaré por la Santa Biblia como mi única ley. |