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No hace mucho nos enterábamos de que el presidente de Estados Unidos, George
Bush, otorgaba al pueblo norteamericano la propiedad del espacio aéreo. Sólo
él decidiría sobre el universo. Sólo él y debido a sus grandes conocimientos
en la materia, así como su demostrada capacidad para discernir entre el bien
y el mal –de sobra contrastada–, lo convierten en la persona adecuada para
administrar la patente espacial.
Para tomar dicha decisión, no le han hecho falta criterios técnicos,
científicos, políticos o incluso jurisdiccionales, ya que Bush está por
encima de esas insignificancias. Además, ¿no fue EE. UU. la primera en pisar
la Luna, aunque ahora algunos incrédulos se planteen la veracidad de los
hechos y se sorprendan cómo después de 30 años, y con los avances
tecnológicos actuales, no hayan sido capaces de reeditar dicha hazaña, para
darle esa potestad?
Por otra parte, si él se erige dueño absoluto del espacio, sólo él
garantizará que se hagan las cosas como corresponden a la categoría del
presidente de la nación de naciones. El poder económico y político de la
primera potencia mundial quedaría garantizado y salvaguardado de influencias
foráneas. Y si alguna nación osara cuestionar la decisión, por ilegítima o
contranatural, de forma inmediata se pondría en marcha la maquinaria del
chantaje, invasión o incluso negarles el agua si hiciese falta.
A estas alturas, a nadie sorprende que Bush pueda adoptar una decisión como
esta, por descabellada que sea. Lo que sí parece es que, como todos los
personajes que han querido estar por encima de la realidad, legalidad o del
sentido común, se haya podido inspirar en otro, caso por ejemplo de Hitler
con Napoleón. En este caso, no es de extrañar que el primer mandatario
americano haya querido emular –dados sus buenos resultados–a algún personaje
catalanista.
De todos es conocido el arte para apropiarse de las cosas de los
catalanistas, de ahí que posiblemente Bush haya aprendido de ellos. El
ejemplo más claro, y por lo que concierne a los valencianos, es el de la
lengua valenciana. Los catalanes se han erigido como auténticos guardianes
de la llave de la cultura, independientemente que la puerta no sea la suya.
No les ha importado apropiarse de una historia y literatura que no les
pertenece, ya que ahora ostentan el poder. Con esa decisión, ellos –los
catalanes– y sólo ellos decidirán qué es lengua y qué un simple dialecto. No
necesitan razones ni históricas ni científicas para legitimar un fraude,
cuentan con el chantaje del poder. Y si por alguna razón, alguien les
pidiese explicaciones, cuentan con un rosario de incondicionales adictos a
la nómina que, por no perder esta, afirmarían en cualquier foro mundial que
el sonido que emitían los hombres de las cavernas era catalán, ya que tienen
grabaciones sonoras que lo autentifica. Es lo que tiene el poder político y
económico, que puede cambiar la realidad y adaptarla a los intereses
particulares de quien lo ejerce, sean legítimos o no. Hasta tal punto, que
son capaces de transformar un concurso de chistes malos de humoristas en
paro en un congreso científico de romanística internacional. Luego con toda
su maquinaria mediática ya le darán visos de autenticidad y rigor a las
conclusiones partidistas que aprueben. Y sus editoriales los convertirán en
manuales pedagógicos obligatorios, con los que seguir lavando de
acientifismo dogmático a los alumnos.
Por eso no es de extrañar que Bush, copiando a los catalanistas, pero con
más poder, pueda decidir qué es suyo, y qué no, aunque sea algo tan etéreo
como la galaxia. Y si en un momento determinado necesita legitimar su
decisión, siempre le quedará el recurso de constituir una academia tipo AVL,
para garantizarse el éxito de que las decisiones se ajustarán a sus
postulados, científicos, claro. |