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Hacia el 1750, el pueblo barcelonés usaba
coloquialmente la lengua que ahora ofrece la inmersión como
culta. Lo podemos comprobar en manuscritos como el Ms.1595 de la
Biblioteca Nacional (h.1770), e impresos como el b.54-6 de la
Universidad Central de Barcelona (año 1754). Ambos recogen
composiciones en catalán vulgar del XVIII, el mismo que hacía
proclamar a Mayans la superioridad de la lengua regnícola sobre
la del Condado.
Si en el manuscrito de la Nacional sumamos
las diferencias léxicas que pudiéramos calificar de emblemáticas
(noia, bigoti, etc.) más las terminaciones de los sustantivos
abstractos puresa, bellesa, firmesa; o la morfosintaxis de
frases como "quant serem a mitja tarda" (f. 33), obtenemos
aquella jerga críptica que producía desprecio en Carlos Ros.
Además, la típica vocal abierta final (dias, moltas, altras,
cosas...) establecía una similitud fonética entre catalán y
castellano que -en el siglo XX- ha motivado la valencianización
de las terminaciones. Corominas, por ejemplo, modificó su
apellido en Coromines.
La diferencia entre valenciano y catalán
afectaba a todas las categorías lingüísticas. Desde el verbo "jo
serveixo", opuesto al "yo servixc"- a las conjunciones, como la
adversativa mentre (f.77) distinta a la usada por todos los
valencianos, incluido nuestro mejor novelista del XVIII: "mentres
tinguera" (Galiana: Rond. 1768, p. 55). EI manuscrito catalán
reproduce la ele geminada en "colloqui" -todavía sin el punto
inmersor-, mientras que en idioma valenciano se usaba la simple:
"Coloqui de les dances" (Ros,1734), "Coloqui de la casulla", "Coloqui
de Pep de Alboraya", "Coloqui del poticari", etc. EI manuscrìto
barcelonés citaba la "pescateria de Barcelona", sustantivo
opuesto al valenciano peixcateria usado por los clásicos.
Lamentablemente, la inmersión ha rotulado una calle en Xixona
con el catalán Pescateria.
EI coetáneo "Romans nou en lo qual se
anuncien les festes de Sent Vicent" (Valencia, 1755), aunque
breve, es útil para cotejar ambos idiomas. Aquí leemos "esta
franquea" (f.2), diferenciándose del demostrativo y sustantivo
catalán "aquesta franquesa". También aparece el adverbio "aixina",
distinto al "agafis aixi" del manuscrito barcelonés. Vemos el
adjetivo "natiu", no el "nadiu" catalán; y observamos las formas
verbales autóctonas: naixqué, cumplixen, archivarer etc.
Con la fuerza de poseer una lengua propia, el
anónimo autor del "Romans" de 1755 trató de cincelar
ortográficamente la fonética de nuestros antepasados. En
lacónicos folios nos gratifica con verbos ahora prohibidos, como
"llograr", equivalente a prestar con usura. La acepción del
vocablo no ofrece duda: "dona cent per hu, sap Ilograr". EI IEC
no admite este verbo valenciano -detalle que agradecemos-,
aunque etimológicamente sea correcto al entroncar con el latino
lucrum, ganancia o provecho.
Nuestro poeta rememora "milacres" (v. 94), y
recurre al derivado lógico: "tocá el rogle de les campanes
milagrosament" (v. 41) rechazando el arcaico "miraculosament".
La viveza de la lengua valenciana en 1750, sin complejos
alimentados desde Barcelona, asombra por su capacidad de
aglutinar voces ancestrales con neologismos. Así, en la misma
frase, enlaza el añejo rachees (v. 125) y el dieciochesco
armeles.
Hay diccionarios etimológicos que barren
hacia el Condado y substraen antigüedad a vocablos valencianos,
como el citado armela. En el Alcover, por ejemplo, aportan la
fecha de 1963 para documentar armela en Elche, cuando con los
medios humanos y económicos que manejaban podían haber citado
este impreso de 1755. Respecto la voz rachees del verso 125, era
el plural valenciano de rachea, palabra que en 1755 equivalía al
casteIlano gragea y catalán dragea. Todas aludían generalmente a
"confites muy menudos de diversos colores". Llombart documentó
esta voz, pero modificó la africada ch por g en "ragea". Eran
tiempos confusos en que traducía a Verdaguer y aceptaba ajenos
caprichos ortográficos, según reconocía: "En la ele doble, como
los catalanes, hemos determinado colocar un guioncito". Llombart
pluralizó la responsabilidad de esta claudicación en el prólogo
del diccionario de 1887, aunque el coautor Escrig había muerto
20 años antes.
Las diferencias entre los dos idiomas eran
evidentes en el XVIII, como subrayaron Ros y Mayans. Ahora, en
1999, el idioma valenciano es despreciado, mientras que aquella
lengua vulgar barcelonina la han encumbrado al Olimpo de la
exquisitez y finura. ¿Consecuencias? EI que más y el que menos,
para ser considerado culto y acceder a un puesto de trabajo,
adopta las genialidades del Institut d'Estudis Catalans. Fíjense
lo que dice un conocido inmersor: "EI correcte ús de les I.I
dona categoria intel.lectual al més modest escrit" (Ferrer:
Gramática, 72). Es decir, usando la ele geminada catalana en la
lista de la compra obtenemos un texto de Goethe. |