|
Incluso cuando militaba en política, siempre he creído
que el acceder a un cargo público gracias al respaldo popular, era un gesto
voluntario, además de poseer unas inquietudes ideológicas que plasmasen un
sentido de justicia y de servicio a la ciudadanía. Trabajo y esfuerzo
servían de recompensa a los románticos de la política.
Pero lo tiempos cambian y, parece ser, los planteamientos
también. Hoy priman los intereses de partido, cuando no los personales, por
encima de los ideológicos. Las promesas plasmadas en los programas
electorales (el PP, con la defensa del valenciano, cuando ha firmado la
unidad de la lengua a través de la AVL, y el PSPV dejando a nuestros
agricultores sin agua y a nuestra Comunidad sin el bien imprescindible de
prosperidad), no se cumplen. Para la historia quedan, alguien los juzgará.
Pero a ellos en estos momentos no les importa. Aquí, a diferencia de en
otros sitios, los cargos electos no tienen que dar explicaciones ni a sus
votantes, ni al resto de ciudadanos; más bien todo lo contrario. Una vez
conseguida el acta, muchos hacen gala de su supuesta superioridad (no
intelectual, claro), exigiendo adulación, y derecho a casi todo, a los que
no hacía mucho tiempo les estrechaban las manos para conseguir sus votos.
La metamorfosis que experimentan muchos de ellos (¿Nadie
se ha planteado hacer una tesis doctoral?) los convierte en los nuevos
Césares. Lo que pasa es que estos, a diferencia del real, no tienen a nadie
detrás que les diga: “Recuerda que eres humano”. Tanto es así, que ahora,
desde su Olimpo, los diputados han pensado dar un paso más para desmarcarse
(más si cabe) del pueblo.
Los grupos parlamentarios de las Cortes Valencianas han
presentado a la Comisión de Gobierno Interior una propuesta para garantizar
de forma automática la pensión de jubilación a los diputados que cuenten con
dos legislaturas (8 años) y no alcancen el mínimo exigido a cualquier
trabajador, sea: jardinero, oficinista, periodista, basurero, albañil o
autónomo; de 15 años. Con esta medida pretenden anular lo que hasta hora era
una facultad potestativa de la Mesa de la Cortes, y siempre que tuviesen 65
años. Es decir, que si se aprueba esta medida (como está en Madrid),
independientemente de la edad y de los ingresos de que dispongan (antes
tenían que demostrar estado de necesidad), gozarán de una renta asegurada.
Parece ser que, incluso, tienen resuelto el caso en que
salga rechazada la consulta que van hacer a la Seguridad Social, pagando
desde el Erario Público la diferencia de los años no cotizados.
El agravio comparativo no sólo es escandaloso con
respecto al resto de los trabajadores, que lo es, sino incluso a aquellos
como las viudas, a quienes quitan los derechos adquiridos por el esfuerzo
del cónyuge, limitándoles las pensiones a cuotas ridículas para su
subsistencia.
De llevarse a cabo tan inmoral acuerdo, no nos extrañe
que salgan a la palestra nuestros diputados ofendidos, para justificar lo
injustificable. Demostrarán que su trabajo no sólo se limita a apretar el
botón en función del dedo levantado por el portavoz de su partido, sino que
es mucho más laborioso.
No es de extrañar que en la opinión pública gane enteros
el descrédito de los políticos y el aumento de la abstención. O que
aborrezcan a los que venden su ideología por un sueldo en otro partido, si
eso les asegura su futuro económico.
A este paso, y una vez comprobado el chollo, todos los
ciudadanos van a querer ser más que diputados, vividores de la Patria . Si
la renta vitalicia no es suficiente, en caso de no salir reelegidos, o que
por causa de que su comportamiento deshonesto se les inhabilite, siempre
habrán empresas amigas donde colocarse.
Menos mal que toda regla tiene su excepción y ha habido,
hay y estoy convencido de que habrá, personas que pongan su afán de servicio
y de justicia a la ciudadanía. Si no, muchos tendríamos que aplicar la
máxima de Morgan: “Sé que algún día podría ser político, pero por ahora
prefiero seguir siendo honesto”. |