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Todo apuntaba a que el famoso suflé catalán de Maragall
sería sustituido por unes mongetes . No porque sea una especialidad
culinaria más apetecible, sino porque toda esta historia iba acabar como los
efectos que produce la abundancia en la degustación de este plato. Al
parecer son tantos los políticos que lo probaron, que nadie se atrevió a
señalar al responsable de tamaño hedor, ya que todos han contribuido a
cargar este ambiente fétido.
De hecho, ya ha comparecido en el Parlamento catalán el
consejero de Política Territorial, Joaquín Nadal, para afirmar ante la
comisión de investigación que “no hay ninguna evidencia” de que existieran
irregularidades contables en la empresa de la Generalitat Guisa.
Tampoco pasará nada con la denuncia de Media Park, donde
parece que han desaparecido más de 1.000 millones de las antiguas pesetas.
Según los denunciantes, Media Park, empresa en la que Telefónica y TV3 son
accionistas, realizó pagos a políticos de CiU, concretamente, a un hijo de
Jordi Pujol.
Todos miraron en su día hacia otro lado cuando se habló
de las conexiones que tenía el antiguo presidente de la Generalitat catalana
con el entonces presidente de Telefónica, Juan Villalonga. El código de
silencio, al más puro estilo de mafia catalana, va a primar por encima de
todo.
Lo de Maragall y Artur Mas ha sido pura comedia, “yo no
aireo tus olores, ni tú los míos”. Hasta Piqué contribuyó en esta comedia
con su coitus interruptus haciendo de extra gratuito. Por mucho que se
empeñen (es un decir) los comités o la Fiscalía Anticorrupción, este
culebrón inmobiliario quedará en aguas de borrajas.
Por otra parte, no nos debería extrañar, ya que no es la
primera vez (ni la última) que salen a la luz pública (aunque luego se
apaguen) casos de corrupción en Cataluña... Se les escapan de vez en cuando.
Ahí queda en la memoria el caso Banca Catalana y sus
presuntos lazos con Pujol, cuyo efecto púdico quedó difuminado en el
espacio, en el tiempo y en la forma por ese pacto de silencio. Ese caso,
como el de ahora, no llegó al postre . Se pulverizó en el primer plato. ¡Una
pena! De no haber predominado las influencias/apoyos/chantajes (como ahora)
al/por el poder, habrían servido, entre otras cosas, el segundo plato: el
boniato valenciano.
El boniato valenciano no era, ni más ni menos, sino la
versión del impuesto revolucionario inmobiliario del suflé a la financiación
y sostenimiento del catalanismo en la Comunidad Valenciana.
Al grito de “dame boniato y dime tonto”, cuya versión actualizada por los
académicos de la AVL es “dame boniato y dime panca”, se subvencionaron
editoriales, manifestaciones pro Països Catalans , claustros, a personajes
como Eliseu Climent (repasar hemerotecas) y distintos servicios públicos.
Cualquier reafirmación catalanista tenía la justa contraprestación (como
hoy). Todos los empeños de borrar la literatura e historia valenciana eran
(son) espléndidamente gratificados.
No importaba que en ese momento no tuviesen adeptos a la
causa, ni que les adjudicasen el nombre de traidores o el del tubérculo:
boniato.
Lo realmente importante era conocer el carácter del
valenciano y saber que, con el tiempo, cambiaría o adaptaría el paladar a
las nuevas costumbres culinarias, por hediondas que fuesen estas, y máxime
después de los últimos sondeos de opinión que confirman que lo más progre de
lo progre es comer boniato.
Lo que en un pasado fue un símbolo de subsistencia, hoy
se servirá como un plato distinguido en los mejores despachos
(restaurantes). Ni los del suflé ni los del boniato van a ser capaces de
mitigar el aire fétido que nos envuelve por más colonia que se empeñen en
pulverizar. |