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Últimamente, el obispo de Solsona ha insistido en la creación
de una diócesis catalana que incluiría el territorio valenciano.
El proyecto, sin embargo, tendría el inconveniente de oponerse
a las decisiones de dos papas (Paulo II y Pío IV) y un rey de
Valencia (Felipe II) que, a su vez, interpretaron la voluntad
del pueblo valenciano.
Como es sabido, la Iglesia utilizó la distribución territorial
romana para su estructuración geográfica; de ahí que Segovia,
por ejemplo, estuviera algún tiempo incluida en la provincia
eclesiástica de Cartagena y Bilbao en la tarraconense.
Conforme fueron creándose estados peninsulares, la Iglesia
adoptó divisiones más racionales; pero el reparto, que suponía
prestigio político y beneficios económicos, generó una sórdida
batalla diplomática con utilización de falsos documentos; como
la apócrifa "División de Wamba", salida de la curia de Toledo
cuando ésta se afanaba para incorporar la diócesis de Burgos.
En el sur del Reino de Valencia hubo permanentes enfrentamientos
con el clero murciano. Según los diccionarios eclesiásticos:
"los territorios de Orihuela, enclavados en el Reino de
Valencia, soportaban con dificultad la sumisión a Cartagena que
políticamente pertenecía al reino de Castilla. Las tentativas de
Orihuela no cesaban, como no cesaba nunca la oposición de
Cartagena apoyada por Castilla". La misma Iglesia califica de
"lucha intransigente y prolongada" entre valencianos y
murcianos hasta "que Felipe II y el papa Pío IV decidieron crear
el obispado oriolano en 1564, siendo agregado a la metropolitana
de Valencia. Es decir, los religiosos de la Vega del Segura no
soportaban la subordinación eclesiástica a otro reino. Todavía
a principios del siglo XVIII -cuando el cardenal Belluga inundó
con murcianos toda la zona- sucedió una anécdota que muestra la
incompatibilidad entre habitantes de los dos reinos.
Ocurrió al fundarse el hospicio para huérfanas en Murcia e
ingresan algunas niñas de Orihuela. Según el propio cardenal
Belluga: "cuando se abrió la casa (hospicio) la poca
concordancia que había entre ellas (las niñas de Orihuela) y las
de la Diócesis (de Cartagena) que se habían admitido, por lo
poco que confrontaban los genios de ambos Reynos; motivo porque
los Lugares del Reyno de Valencia, de que se componía el
Obispado de Cartagena, se juzgó necesario en tiempo de Felipe
II se formase el Obispado de Orihuela de todos los Lugares
pertenecientes a aquel Reyno" (A. M. Murcia: 11-b-8). Es obvio
-pero insistiremos para aclarar dudas al obispo de Solsona- que
los religiosos valencianos que se independizaron de Cartagena en
1564 no pretendía subordiñarse a ninguna diócesis catalana.
De igual modo, la supeditación religiosa -no política- respecto
al arzobispo de Tarragona fue expeditivamente resuelta por el
cardenal Rodrigo de Borja, en un privilegio personal que emitió
como vicecanciller de la Iglesia Romana en 1470, y que fue
ratificado por Paulo II (Reg. Vat. 536, 144-145v). El impetuoso
setabense estaba harto -igual que todos los valencianos- del
desquiciado comportamiento catalán en la segunda mitad del
siglo XV, y no esperó a poseer el poder papal para crear la sede
exenta de Valencia respecto a la jurisdicción metropolitana de
Tarragona. En 1464, un religioso denunciaba que "les gents de
Valencia e de tot lo Regne estant desconsoláts, atenent los tan
grans mals que han agut per causa dels "catalans" (Dietari del
Capellá, p. 342).
Las continuas agresiones obligaron al Reino a repeler la chusma
catalana que atacaba el Maestrazgo. Como es obvio, en aquella
época las fuerzas valencianas eran superiores a las del
Principado y provocaron verdaderas escabechinas entre los
invasores; valga de ejemplo la acaecida el 1 de junio de 1464,
cuando nuestras tropas "agüeren gran brega ab gent de Tortosa e
de Ulldecona, e foren morts molts dels rebelles catalans". Es
comprensible que Rodrigo Borja, una vez proclamado papa, se
rodeara de valencianos en los puestos de responsabilidad -no
de catalanes- y elevara definitivamente la sede valentina a
categoría de Metropolitana en Bula del 9 de julio de 1492.
Sin embargo, el obispo de Solsona no quiere que celebremos el
Quinto Centenario de la Sede Metropolina de Valencia, pues
prefiere una gran diócesis catalana que absorbería el Reino. Lo
peor es que un sector de la Iglesia valenciana tiene el mismo
objetivo; así lo refleja "SAO" en su ejemplar sobre "L´Eglesia
al País Valencia", con páginas que no ofrecen orientación
pastoral ni anuncios de excursiones a Roma; sino reseña de un
viaje de sacerdotes valencianos a Espluga de Francolí donde se
realizó el curso del "Grup d´Estudis Nacionalistes" bajo
bandera cuatribarrada, y en el que "monjos de Montserrat"
quedaron extasiados por un "poema eucarístic d'en Joan Fuster".
¡Cómo ha cambiado el clero valenciano! En la época foral, el
reino fue impresionante plantel de santos, papas y predicadores;
además de multitud de religiosos que sacrificaron su vida
propagando la fe, como el capuchino Ángel de Valencia, que se
internó en el corazón de África y logró confianza del rey del
Congo en 1646. Otros, sin altar del Reino, mortificaban su
cuerpo para huir del mal; es el caso de Fray Domingo Sarrió, que
apenas bebía agua y "cuando ponía las manos en alguna almasía
de agua para lavárselas, la naturaleza sedienta chupaba tanta
por los poros, que se conocía la falta" (Cardona, J.: Exequias.
Valencia, 1677). Es decir, existieron conductas dispares, pero
jamás perdieron el tiempo catalanizando a su pueblo.
En fin, es triste que religiosos valencianos estén "commemorant
els 900 anys de la Tarraconense" y propagando que "l'any vinent
s'escaurá el centenari de les Bases de Manresa, tan importans
per a la formulacio del pensament cátala" ("SAO", sept.), y, por
el contrario. silencien el Quinto Centenario de la Sede
Metropolitana de Valencia. |