|
Una de las grandes aportaciones de Friedrich
Hayek fue sistematizar la teoría del "orden espontáneo". De
acuerdo con Hayek, existen una serie de instituciones que, a
pesar de no haber sido creadas conscientemente por nadie,
resultan útiles a todo el mundo. Entre estas instituciones
encontramos el derecho, el dinero y el lenguaje.
Para la Escuela Austriaca, por tanto, la
lengua es un fenómeno no planificado que surge como consecuencia
no intencionada de la interacción humana; no viene impuesta de
arriba abajo, sino que se expande de manera horizontal.
El Estado, tal y como ocurre con el derecho y
el dinero, no puede controlar la institución del lenguaje, sólo
puede embrutecerla y corromperla. Todo intento deliberado de
planificar el uso de la lengua está abocado a generar una cadena
de errores y tensiones que sólo tendrá dos finales posibles: o
la totalización del Estado en ese ámbito concreto y, por tanto,
la desaparición de la institución, o bien un retroceso del poder
político que permita respirar a los individuos libres.
Por supuesto, el nacionalismo izquierdista y
estatista nunca ha aceptado que los individuos sean anteriores
al lenguaje, y que éste no determina la identidad de las
personas. Por el contrario, el trinomio lengua-cultura-nación
estaba abocado al expansionismo estatal: toda nación debía tener
derecho a un Estado que, a través de la coacción y la violencia,
preservara su pureza de las agresiones culturales exteriores.
Para el nacionalismo antiliberal, la lengua
es un monopolio estatal que debe ser planificado por decreto.
Las academias públicas de la lengua distinguen entre buenos y
malos usos del lenguaje para que, en última instancia, el
político pueda fijar el estándar coactivo en el sistema
académico; la lengua no evoluciona hasta que los académicos
reconocen que así ha sido, ya que lo importante es conservar la
pureza identitaria y diferencial del idioma.
Los mestizajes lingüísticos no pueden ser
tolerados, ya que suponen formas de imperialismo cultural que
atacan el sustrato de la soberanía estatal. El "bien común"
impone la necesidad de impedir que la lengua oficial caiga en
desuso y que otras lenguas "foráneas" ocupen su lugar, ya que
ello resultaría equivalente a una invasión militar.
El Gobierno puede y debe obligar a los
habitantes a que utilicen la lengua y a que la utilicen de
acuerdo con su estándar. Asistimos a una degeneración
igualitarista de la sociedad: todos deben hablar una lengua, y
la misma lengua.
Como afirmara con pasmosa sinceridad el
catalanista Manuel Sanchis Guarner, "quien renuncia a su lengua
renuncia a su patria, y el que reniega de su patria es como el
que reniega de su madre". El pueblo, la nación es incluso
anterior a los individuos que la componen, ya que ella los ha
parido. No es pertinente preguntarse cómo surgió y se desarrolló
una determinada cultura sin individuos que la forjaran: al
nacionalismo sólo le interesa congelar y paralizar esa evolución
cultural en un momento arbitrario, que les permita establecer un
culto irracional en torno a ella.
Por eso la primera conquista que persigue el
nacionalismo es la cultural, no sólo dentro del territorio
controlado por su Estado, también en los territorios hacia los
que pretenda expandirse.
El caso del catalán y el valenciano resulta
paradigmático. En un importante y novedoso libro titulado Lengua
valenciana: una lengua suplantada, la filóloga María Teresa
Puerto Ferre aporta una impresionante documentación sobre la
estrategia desinformadora que el Gobierno catalán –con la
connivencia del valenciano– ha ido siguiendo desde hace más de
treinta años para homogeneizar la lengua e imponer el estándar
catalán en la Comunidad Valenciana.
El libro es una recopilación de testimonios y
documentos donde se razona por qué el valenciano –la lengua que
los habitantes del territorio valenciano han hablado y sentido
como propia durante siglos sin necesidad de coacción estatal
normalizadora– tiene una raigambre cultural e histórica mucho
mayor que el catalán estándar, que según la autora no surge
hasta que en 1912 Pompeu Fabra, "un técnico industrial,
aficionado, carente de rigor lingüístico", utilizara "el
dialecto Barcelona como base lingüística para crear la lengua
catalana standard".
En este sentido, por ejemplo, Tarradellas ya
denunció –en una entrevista reproducida en el libro– que él no
creía "en lo que llaman países catalanes". "No. Eso no existe".
Esto de los Países Catalanes ha sido leit
motiv de muchos partidos catalanes que me han criticado por
decir lo que digo. Jamás he pensado que pudiera dar resultado
(…) yo no quiero pelearme con los valencianos y mallorquines que
quieren ser valencianos y mallorquines y no catalanes.
Ahora bien, que Tarradellas no estuviera
dispuesto a pelearse no significa que otros le siguieran. Los
posteriores gobiernos de Cataluña tenían el propósito bien
definido de lograr la servidumbre militante de los valencianos.
"Escogimos como opción política la táctica de la unidad a toda
costa, que si bien permitió catalanizar el mundo cultural de la
oposición, también consiguió una infiltración marxista en la
sociedad catalana", reconocía el mismísimo Jordi Pujol.
En esta tarea propagandística, el Gobierno
catalán ha contado en numerosas ocasiones con la activa
participación del valenciano. Así, por ejemplo, la instauración
del catalán en las aulas de los colegios públicos valencianos
favoreció la expansión de un profesorado dócil y afín al régimen
que permitiera inculcar, ya desde la cuna, el esquema
lingüístico elucubrado por los políticos. Aquellos profesores
que no comulgaran con la represión estandarizadora simplemente
debían ser apartados y marginados. El Periódico de Cataluña
marcaba el camino ya en 1982:
En cuanto a la enseñanza, de los 190
profesores ya contratados sólo el diez por ciento defiende las
teorías blaveras [valencianistas], por lo que, o bien sus
contratos habrán de ser revisados o deberán ajustar su actitud
al decreto del Consell.
Como siempre, la función de la educación
pública ha sido adoctrinar a los adolescentes para convertirles
en futuros siervos del poder estatal. En el caso de Valencia,
parte de ese adoctrinamiento pasa por su inclusión en un
entramado lingüístico oficialista que justifique su sometimiento
político.
La lengua no puede incluirse en categorías
conceptuales a priori. La unidad o diversidad de la lengua es un
juicio político que carece de cualquier relevancia científica.
Podemos trazar su evolución etimológica, pero toda clasificación
tiene un irreductible componente de arbitrariedad. Ni los
nombres están insertos en los hechos, ni la historia nos
proporciona el patrón objetivo de clasificación filológica. Nos
movemos entre convenciones, y las convenciones, cuando nacen en
una universidad controlada por el Estado y sus funcionarios, no
pueden ser inocentes.
Como ya explicara Miquel Adlert, el lenguaje
es un fenómeno social que surge y se desarrolla entre las gentes
que lo hablan; el estándar lingüístico no puede imponerse a
través de una normativa vertical, salvo a través de medios
totalitarios.
Si el Estado se asienta sobre la ficción
–esto es, la manipulación de sus gobernados–, esperemos que
tareas como la de María Teresa Puerto sirvan para resquebrajar
uno de los engaños más asentados de los últimos treinta años.
MARÍA TERESA PUERTO FERRE: LENGUA VALENCIANA,
UNA LENGUA SUPLANTADA. Pliego Digital (Valencia), 308 páginas. |